Santuario

Esa mañana primaveral de mayo, como de costumbre desde que se había jubilado de su profesión de notario, Don Amador Salvatierra estaba sentado a la sombra en la terraza apenas concurrida de la cafetería situada a escasos metros del portal de su casa, en el madrileño paseo del Pintor Rosales, donde tomaba café y leía el periódico ABC que, entre otros, el establecimiento ofrecía para disposición de sus clientes. Con las piernas separadas y dobladas en ángulo recto y la espalda un poco encorvada hacia delante, Don Amador sostenía el periódico con las dos manos que, de vez en cuando, con un gesto nervioso y enérgico, sacudía para enderezar las hojas que plegaba la suave e intermitente brisa. Llevaba puestas unas gafas de pequeñas lentes rectangulares y fina montura metálica atadas a un cordoncillo negro que le rodeaba el cuello, que le pendían sobre la punta de su nariz y que, junto al pelo blanco rasurado que rodeaba su cabeza, su barba blanca y recortada en punta y su bastón de madera de nogal con la cabeza de un galgo esculpida en la empuñadura de plata, apoyado en la silla situada a su izquierda, le conferían un aspecto avejentado correspondiente a su edad. Un sombrero clásico de Panamá, una americana color azul de Prusia abrochada, que enmarcaba una luminosa camisa blanca de sport y de la que sobresalía de su bolsillo delantero la punta de un pañuelo blanco de lino, unos pantalones de entretiempo, lisos y de color crema, y unos botines de piel de color azul acero con suela blanca de goma completaban su pulcro y distinguido atuendo, como de dinámica y mundana elegancia ajada por los años.

 En un momento dado, Don Amador emitió un chasquido con la lengua, en un gesto como contrariado y molesto, casi desencantado, y se revolvió ligeramente en la silla. Se quitó las gafas, que quedaron colgándole sobre el pecho, y desvió la atención de la lectura del periódico, que dejó abierto sobre la mesa, con su brazo derecho apoyado sobre él por si la brisa hacía acto de presencia y pasaba con inercia las hojas. Cogió con su temblorosa mano izquierda la taza de desayuno del café con leche, que apuró de un corto sorbo y dejó de nuevo sobre el platillo. A continuación, cambió la posición de sus brazos y, con la mano derecha, se palpó con levedad la americana y sacó de su bolsillo interior una pitillera de plata con un grabado del escudo constitucional de la bandera de España, de la que extrajo con cierta torpeza un cigarrillo de hojas de tabaco natural, que dejó sobre el periódico abierto, y una corta boquilla negra con un acabado plateado. Apoyando ambos codos sobre el periódico y echándose un poco hacia delante, sostuvo la boquilla con la mano derecha y, con firmeza, trató de insertar el cigarrillo en la boquilla, lo que consiguió tras alguna dificultad. Buscó con su mano izquierda en el bolsillo de su pantalón el mechero de plata con sus iniciales grabadas que, en su día, le había regalado su padre, juez de profesión, como premio de su licenciatura en Derecho, allá por inicios de los años sesenta. Se llevó la boquilla con el cigarrillo a los labios ligeramente secos y, encogiéndose un poco, lo encendió con el mechero en su mano derecha y con su mano izquierda haciendo pantalla contra la escasa brisa. Aspiró de la boquilla con fruición e intensidad, estirándose de nuevo, dejando que el humo del tabaco se expandiera y ensanchara sus turbios y alquitranados pulmones de veterano e impenitente fumador, y lo exhaló con placer en una larga y apacible bocanada. Pero algo le seguía faltando. Miró fijamente y con impaciencia la terraza en derredor, donde se encontraba sentada una pareja madura vestida con chándal que, en silencio, tomaba cada uno un desayuno completo, con una baguette metida en una bolsa de papel sobre la mesa y con su enorme perro San Bernardo atado a una de las sillas y tumbado en el suelo con la cabeza dócilmente inclinada y los ojos sorpresivos y tristes, y un par de ancianas señoras vestidas totalmente de negro, quizás viudas, ambas muy arregladas, perfumadas y bien conservadas para su edad, tomándose sendas copas de vermú blanco con cubitos de hielo y una rodaja de limón mientras mantenían una charla ligera y banal sobre el mundo de los famosos.

 Por fin, vio salir de la cafetería al objetivo que buscaba, Armando, un joven camarero mulato, alto y musculoso, con el pelo castaño corto y rizado y los ojos claros, vestido con el uniforme del establecimiento y un mandil colgado del cuello, ambos negros, con el nombre del negocio impreso en chillonas letras blancas en la espalda de la camiseta y en el pecho. Don Amador avisó al joven camarero con un gesto delicado y apenas perceptible de su mano, como si estuviera ocultando por cortesía el sufrimiento de una necesidad imperiosa y, con los ojos redondos, abiertos con desmesura, las cejas enarcadas y una perfecta y deslumbrante sonrisa que mostraba el nítido filo de sus dientes, le abordó diciéndole:

—Armando, querido, se te ha olvidado traerme el vaso de agua que acostumbro a tomar con el café. Y te estaría eternamente agradecido si pudieras traerme un cenicero, por favor.

—Enseguida, Don Amador.

En una postura algo indolente, con los brazos acodados sobre el periódico abierto desplegado sobre la mesa y las manos juntas, apoyada una sobre la otra, de las que emanaba un deshilachado hilo azul grisáceo de humo de tabaco, Don Amador giró la cabeza y observó con atenta demora la figura del joven camarero mientras se alejaba y adentraba en el interior del local.

 Tras volver la cabeza y pasarse un rato mirando a un punto indefinido del horizonte, cavilando con cierta desazón y  melancolía, con la comisura de sus labios perfilados hacia abajo y con cierta neblura en sus ojos entornados, le dio un par de caladas al cigarrillo, cuya ceniza dejó caer al suelo con un toque abrupto y seco de su dedo índice sobre la boquilla, se puso de nuevo las gafas, sostenidas sobre la punta de su nariz, y se inclinó hacia la mesa, donde seguía desplegado el periódico del establecimiento, sumiéndose en su ensimismada y rutinaria lectura de todas las mañanas.

—Aquí tiene, Don Amador, el vaso de agua con hielo y el cenicero que me había pedido—, le anunció Armando, cogiéndolos de la bandeja de zinc y depositándolos en la mesa.

—Gracias—, le contestó Don Amador, sin levantar la mirada del periódico—. Has sido muy amable—, añadió.

—Parece usted muy enfrascado en la lectura del periódico—, le dijo Armando, mirándole con fijeza con sus ojos claros y con una sonrisa perfilada un poco agresiva en su rostro—. ¿Qué noticias traen esta mañana? ¿Aparece algún otro nuevo escándalo protagonizado por algún político o banquero?

 Don Amador levantó la vista del periódico, se quitó las gafas con ampulosidad, que quedaron colgándole sobre el pecho y, girando su cabeza hacia Armando, con una sonrisa entre amedrentada e irónica, casi avergonzada pero afable, le contestó con cierta petulancia:

—Todas las mañanas me quedo pasmado de asombro leyendo el periódico—,exclamó con aparente sinceridad, con las cejas levantadas y los ojos suspensos, en una expresión de asombro que, seguidamente, se convirtió en otra de indignación, con sus labios cerrados, apretados y pálidos—. Casi cada día aparece la noticia de algún otro nuevo escándalo. Si no es en Andalucía, con todos esos socialistas y sindicalistas enfangados hasta el cuello en el caso de los ERE, es en Cataluña, con la familia Puyol y sus adláteres independentistas expoliando a manos llenas los impuestos de los catalanes, que culpan al resto de los españoles de que les roban—. Don Amador cogió el vaso de agua con hielo, bebió un poco e, inmediatamente, continuó—: El saqueo y la mala gestión de las cajas de ahorro, con toda la clase política, sindical y empresarial involucrada. Por no hablar de todos los casos de corrupción en que se encuentra inmerso el PP, desde el caso Gürtel al caso Bárcenas, pasando por la salida a Bolsa de Bankia, comandada por Rodrigo Rato. Estoy indignadísimo y muy defraudado con la actuación de estos últimos años de los dirigentes del PP. No volveré a votarles—, concluyó suspirando, dejándose caer, como abrumado, en el respaldo de la silla.

 Después de reflexionar un rato en esa posición, se enderezó de nuevo, le dio una última calada al cigarrillo, cuya colilla liberó de la boquilla dejándola caer en el cenicero, donde permaneció emitiendo una zigzagueante y mortecina hilera de humo. Con los brazos acodados sobre el periódico abierto y acariciándose las manos entrelazadas, prosiguió su discurso—: Ese joven, Rivera, de Ciudadanos, es muy elocuente, aparte de patriota y liberal. Su apariencia resulta seria y honesta, en principio ajena a las acostumbradas corruptelas de la política de este país—, apuntó, con el semblante reflexivo y esperanzado, acariciándose los pelos de la barba con suavidad y con cierta luz en sus ojos.

—Si es que, como dicen en la teúve, ¡no hay pan pa´ tanto choriso!—, remató Armando con júbilo y espontaneidad, levantando la voz, con un tono coloquial y cierto deje caribeño, como forma de culminar la conversación , mientras se giraba con la intención de ocuparse de otras mesas.

—Pero antes de irte, Armando—, dijo Don Amador, palpándole con levedad el brazo con su mano extendida y quitándola casi al instante, como si hubiera sufrido una breve y repentina descarga eléctrica—, te pediría con encarecimiento que me trajeras otro café con leche—, acabó la frase, mirando de frente al joven camarero, con un tímido esbozo de sonrisa en su rostro y un fugaz destello en sus ojos.

—Con gusto, Don Amador—, contestó Armando mientras recogía el platillo con la taza de desayuno vacía de la mesa y colocaba ambos sobre la bandeja de zinc. La inusual expresión empleada por el joven camarero pareció maravillar a Don Amador, a juzgar por el leve y silencioso movimiento de sus labios, ya que parecía que la pronunciaba y la repetía varias veces para sí con delectación y reverencia, como si fuera el eco reverberante de su voz.

Una vez que Armando se dirigió a atender otras mesas, Don Amador pareció volver en sí. Entonces, extendió y levantó su brazo derecho, lo dobló en ángulo recto a cierta distancia de su cara y observó la hora por encima de sus gafas de lectura en su caro y exquisito Rolex de plata de tonos blancos y azules, con un ligero toque deportivo. Después, con el periódico aún desplegado sobre la mesa, se puso a observar a los clientes sentados en torno a las mesas de la terraza y a los transeúntes que a esa hora deambulaban por la zona.

 En la terraza casi vacía, la pareja de mediana edad vestida con chándal que había estado desayunando en silencio con su enorme perro San Bernardo echado junto a ellos tal cual largo era había desaparecido, dejando las huellas de su presencia en la vajilla con restos y en las servilletas usadas y arrugadas de papel que Armando iba recogiendo de la mesa y colocando en su bandeja de zinc, y en la disposición desordenada e irregular en que habían quedado algunas de las sillas. La pareja de señoras vestidas de negro, quizás viudas, que habían estado degustando sendas copas de vermú blanco, esperaban con paciencia, una acodada en la mesa fumándose un cigarrillo de tabaco negro mirando hacia la arboleda de la otra acera, por donde se extendía parte del Parque del Oeste, la otra algo envarada y tiesa, con un monedero entre las manos apoyadas sobre su regazo, las rodillas juntas y la espalda recta sin tocar el respaldo de la silla, a que Armando acabara de recoger la otra mesa y les prestara atención para pagar las consumiciones. Un hombre de mediana edad, vestido con traje de color azul marino de raya diplomática, con una corbata lisa roja y con una gabardina gris, una prenda de abrigo quizás ya impropia para esas alturas del año, con gafas de sol y un maletín que había dejado apoyado en uno de los lados de su silla, con pinta como de mafioso o banquero, con los brazos acodados y extendidos sobre la mesa, con una mano palmeando la otra, observaba el quehacer de Armando quizás aguardando a que terminara de recoger la mesa y se percatara de su presencia para pedirle una consumición.

 Por la acera caminaba con lentitud una mujer joven con unas sandalias, unos pantalones Capri negros, una blusa blanca holgada, una chaqueta vaquera de un azul desvaído, corta y entallada, un gorro de pescador verde militar y unas gafas de sol, que se bamboleaba ligeramente soportando el peso de las bolsas de la compra mientras la que parecía ser su hija, una niña de unos tres años, con un vestido blanco de algodón, el pelo castaño oscuro fijado con horquillas y recogido en  dos cortas y finas trenzas que le caían sobre la nuca, con un oso de peluche asido bajo uno de sus brazos al que mordisqueaba absorta una de sus orejas, caminaba unos pasos por detrás. Un repartidor vestido con un mono gris y rojo de trabajo descargaba cajas de las puertas traseras abiertas, de las que emanaba una expansiva vaharada blanca, de un camión refrigerado y estacionado en doble fila,, que apilaba sobre una carretilla y con ella se dirigía raudo hacia el restaurante situado unos portales más allá de la misma acera, al final de la manzana.

 Un corredor joven pasó en ese momento junto a la terraza, con la vestimenta sudorosa, la cara enrojecida y la respiración entrecortada, moviendo los brazos y girando la cabeza de un lado a otro al ritmo de sus pasos, con unos enormes auriculares inalámbricos puestos, quizás para hacer la carrera más entretenida y llevadera, de los cuales se podía percibir una apenas audible melodía musical.

 Por la carretera se sucedían con frecuencia y rapidez los coches que enfilaban hacia el centro de la ciudad y que, a veces, paraban con cierta brusquedad en los numerosos pasos de cebra señalizados a lo largo del paseo ante el vacilante avance de los transeúntes, como el del joven con el pelo largo castaño recogido en una coleta, con una mochila negra de deporte colgada sobre su espalda, vestido con unos pantalones vaqueros azules gastados, una cazadora marrón raída de cuero y unas zapatillas negras sucias y usadas que, en ese momento, caminaba deprisa y con una leve cojera sobre el paso de cebra más próximo a la terraza de la cafetería, con pinta de estudiante desastrado, ensimismado y calamitoso, y que despertó la curiosidad vaga y ociosa de Don Amador. Cuando llegó a la acera, el joven estudiante siguió caminando con la misma premura y con la misma leve cojera y, al cerciorarse de que Don Amador le observaba, le devolvió, como un espejo, la misma mirada interrogante y curiosa, mientras proseguía su camino hasta dejar atrás la terraza. A Don Amador la leve cojera del chico le hizo recordar un artículo leído años atrás en algún periódico sobre el origen de la palabra escrúpulo, que provenía del griego  y cuyo significado etimológico era algo así como el de una piedrecilla incrustada entre los dedos de los pies que impide caminar con comodidad.

Tras observar distraído todo lo que acontecía a su alrededor, Don Amador sacó de nuevo un cigarrillo de la pitillera de plata que colocó con lentitud y paciencia en la boquilla y encendió con el mechero regalo de su padre, exhalando una densa nube de humo que permaneció flotando sobre el periódico abierto desplegado sobre la mesa. Observó de nuevo la hora en su caro Rolex de plata con un toque deportivo y, poniéndose de nuevo las gafas, pendidas sobre la punta de su nariz, e inclinándose hacia la mesa, retomó la lectura del periódico, en el que dejó atrás las páginas de política nacional y pasó a las de deportes, donde se anunciaba y comentaba el triunfo del Atlético de Madrid frente al Real Madrid en la final de la Copa del Rey, lo que dejó indiferente a Don Amador, que no era un entusiasta seguidor de fútbol. Continuó con las páginas de cultura, donde leyó con afición y detenimiento unas crónicas taurinas un tanto agridulces y con fervor apenas contenido un largo reportaje sobre la desgraciada vida personal y los innegables méritos artísticos de María Callas. Justo cuando se disponía a sacarse del bolsillo delantero de la americana el pañuelo blanco de lino para sonarse la nariz y enjuagarse las lágrimas, oyó una voz familiar, ronca y jovial que le preguntaba:

—¿Concede Su Señoría la venia para que una noble dama y su humilde doncella tomen asiento y le hagan compañía en esta bucólica mañana primaveral?—, a lo que siguió una estruendosa carcajada emitida por una mujer de unos cincuenta años, con el pelo rubio oxigenado cortado a lo garçon, engominado y peinado hacia atrás, con unas enormes gafas de sol que cubrían parte de su cara algo pálida, maquillada en exceso, con los labios pintados de un carmín sangriento, vestida con un impecable traje gris del que sobresalía el cuello picudo de una camisa blanca, del que pendía una corbata oscura, con un pequeño bolso gris en su mano derecha y su izquierda metida en el bolsillo del pantalón, situada de pie frente a Don Amador, con una ancha sonrisa dibujada en su rostro. Su acompañante era una veinteañera con el pelo moreno, suelto y liso hasta los hombros, con gafas de sol y sin maquillaje, vestida con una camisa blanca con los primeros botones desabrochados, que dejaba entrever un discreto y coqueto escote, una corta y ceñida chaqueta negra, una falda ajustada también negra que le llegaba por debajo de las rodillas, que perfilaban un cuerpo sinuoso y esbelto, con un amplio bolso negro de piel colgado sobre su hombro, rígidamente pegado a su cuerpo y sostenido con una de sus manos, de aspecto serio y algo nervioso, con una sonrisa de circunstancias en su rostro.

 Don Amador levantó la vista del periódico y, con los ojos acuosos y asombrados, poniéndose trabajosamente en pie, apoyando su mano izquierda en el brazo de la silla, exclamó:

—¡Silvia, querida!—, intentando acercarse para saludarla y darle dos besos, cosa que, tras algunos pasos titubeantes y con el tembloroso apoyo en el brazo de la mujer, consiguió—. Por favor, sentaos. Te estaba esperando con ansia. Por cierto, ¿cómo se llama tu nueva acompañante, la bella y joven señorita?—, continuó, gentil, prestando su atención a la muchacha, que parecía adelantarse para decir algo. Pero su atención se dirigió de nuevo a Silvia, a la que comentó—:  Me has hecho pensar con tu comentario jocoso en el tratamiento de Ilustrísima que otorgaban a mi padre, en virtud del cargo que ocupaba, frente al mío de Señoría, lo que muestra la inevitable decadencia de nuestra familia…—, confesó con aire compungido y melancólico, algo forzado y teatral, terminando de decir las últimas palabras en un callado susurro.

—Me llamo Lidia, señor—, contestó no sin cierto aplomo la muchacha, quitándose las gafas de sol con una  de sus manos, sosteniéndolas por una de las patillas y balanceándolas en un gesto de falsa naturalidad, con la mejor de sus sonrisas en su rostro y un punto de orgullo en sus ojos—. Me han hablado mucho de usted, como uno de los más antiguos y venerados clientes, junto a su familia, de la tienda de antigüedades. Muy gustosa de conocerle—, concluyó, ofreciendo con diligencia su mano abierta.

—¡Por favor! Deja que este cochambroso y decrépito anciano sienta la frescura de tu piel y aspire la embriagadora esencia de tu juventud—, replicó retórico Don Amador, acercándose y apenas tocando las mejillas de la muchacha con sus labios.

—Lidia es nuestra nueva asistente en la tienda—, informó Silvia—. Sustituyó a Remedios hace unas pocas semanas, quien prefirió marcharse a Reino Unido a perfeccionar su inglés y a realizar un máster en coleccionismo privado que a seguir trabajando con nosotros, ¿se lo puede usted creer?—, añadió incrédula y algo enojada, sin esperar en apariencia respuesta de Don Amador—. Lidia es políglota y doctora en arte íbero. En este breve tiempo que lleva con nosotros, se está esforzando duramente en ponerse al día con el catálogo de los objetos de la tienda y en ofrecer una imagen profesional acorde con nosotros y con la de nuestros clientes—, apuntó Silvia como de pasada, con un tono en su mayor parte apresurado y neutro, como si se retrotrajera a sus años de colegial y estuviera recitando ante el profesor una lección aprendida momentos antes, salvo cuando remarcó con un ligero énfasis las palabras ‘esforzando duramente’.

Tras los saludos y la breve presentación, Don Amador procedió a sentarse de nuevo en su silla con la inestimable ayuda de Silvia, la anticuaria, que después hizo lo propio dejando su bolso de mano gris sobre la mesa, mientras Lidia, la nueva asistente, esperaba de pie respetuosa y con educación a que ambos se sentaran, imitándoles poco después. En la silla vacía restante en torno a la mesa, junto a la de Don Amador, se mantenía inclinado y apoyado su bastón de madera de nogal con la cabeza de un galgo esculpida en la empuñadura de plata.

 No tardó de nuevo en aparecer Armando, con su uniforme y su mandil negros con el nombre del establecimiento impreso en chillones letras blancas en la espalda de la camiseta y en el pecho, y con su bandeja de zinc, sobre la cual llevaba la taza de café con leche que Don Amador había pedido, además de otras consumiciones de los clientes de la terraza. Don Amador, al verle llegar, hizo sitio recogiendo el periódico abierto, que dobló en su mitad y dejó en una de las esquinas de la mesa, y liberó la colilla apagada de la boquilla, que dejó caer en el cenicero. Armando se inclinó para dejar el platillo con la taza de café con leche sobre la mesa mientras Silvia se quitaba las gafas de sol y observaba con pormenorizado detenimiento la figura del joven camarero, llevándose una de las patillas a una de las comisuras de su boca.

—Armando, sirve a las señoras y anótalo en mi cuenta. No acostumbro a bajar a la calle con dinero—, informó Don Amador a las dos mujeres, chasqueando la lengua, cruzando con lentitud y cuidado las piernas y apoyándose en el respaldo de la silla.

—¿Qué desean tomar las señoras?

—Tomaré un café solo, dijo Silvia. Sin azúcar—, añadió, poniéndose de nuevo las gafas de sol, apoyando un codo sobre la mesa y la barbilla sobre la palma de la mano, mirando hacia la densa arboleda de la otra acera, con una lánguida y soñolienta sonrisa dibujada en su rostro.

—Una botella de agua mineral—, pidió Lidia tras vacilar un poco, revolviéndose en su asiento, acomodando el amplio bolso negro de piel sobre su regazo y estrechándolo con sus dos brazos contra su pecho.

—Enseguida.

 Un momentáneo y respetuoso silencio se apoderó de las dos mujeres en torno a la mesa mientras Don Amador se incorporaba de nuevo del respaldo de la silla, cogía con su temblorosa mano izquierda el pequeño sobre de azúcar colocado en el platillo, que rasgó por uno de sus lados con los vacilantes dedos de su mano derecha y volcó sobre la taza humeante de café con leche. Tras convertir el sobre en una minúscula pelotilla arrugada de papel que depositó en el platillo, cogió la cucharilla, que introdujo en el interior de la taza, y comenzó a dar vueltas con parsimonia a su contenido, con extremo cuidado de no golpear las paredes de la taza con la cucharilla. Al acabar, colocó de nuevo la cucharilla en el platillo y, cogiendo la taza de la pequeña asa con el índice de su mano izquierda y colocando encima el pulgar, utilizando el dedo corazón como apoyo y retrayendo el anular y el meñique en dirección a la palma de la mano, se la llevó con ceremonia y lentitud a los labios, que juntó y apretó formando un minúsculo agujerito en círculo por donde sopló varias veces en intervalos breves y regulares, con infinita paciencia, hasta que terminó por humedecerse los labios y apartar de inmediato la taza de sí, dejándola de nuevo sobre el platillo, junto a la cucharilla y la pelotilla arrugada de papel, vertiendo parte del contenido.

 A continuación, sacó del bolsillo interior de su americana color azul de Prusia la pitillera de plata con el grabado del escudo constitucional de la bandera de España, de la que extrajo un cigarrillo de hojas de tabaco natural, que logró colocar con empeño en la corta boquilla negra, la cual trató de sostener con templanza con los dedos de su mano izquierda mientras lo encendía con el mechero de plata con sus iniciales grabadas en su mano derecha. Aspiró una larga calada del cigarrillo, mantuvo durante un tiempo el humo en sus ennegrecidos pulmones y lo exhaló echando la cabeza hacia atrás, dirigiendo la densa y azulada columna de humo hacia el cielo con claros y nubes, por encima de las cabezas de las dos mujeres que le acompañaban en torno a la mesa, en un gesto cortés hacia ellas. Se inclinó de nuevo hacia el respaldo de la silla, cruzó las piernas con dificultad y precaución, y rompió el silencio con un carraspeo y una breve tos seca, llevándose el puño medio cerrado a la boca, seguido de la siguiente pregunta:

—Bueno, Silvia, ¿cómo van los negocios?

 Silvia, en vez de contestar, cogió su bolso de mano gris situado sobre la mesa, desabrochó el botón y hurgó en él hasta sacar un largo y fino pitillo blanco con un ribete dorado en el filtro y un mechero negro de plástico, con el que lo encendió y que dejó caer al interior del bolso, abrochando el botón y colocándolo en el mismo sitio. Después de exhalar el humo del cigarrillo, que permaneció unos instantes en torno a su cara como una evanescente neblina, fue a responder pero, en ese momento, llegó diligente Armando con las consumiciones que habían pedido sobre la bandeja de zinc, por lo que optó por guardar silencio mientras las depositaba sobre la mesa. Tras escuchar las breves y educadas palabras de agradecimiento de las dos mujeres, Armando volvió sobre sus pasos, silbando y con la bandeja de zinc sujeta bajo uno de sus brazos, adentrándose de nuevo en el interior del local, mientras Silvia cogía del platillo la pequeña taza de café solo, que mantuvo a la altura de su boca y, situada enfrente de Don Amador, con sus gafas de sol puestas, ahora sí contestaba:

—La realidad es que no pueden ir peor. Vivimos de los beneficios de la época de bonanza, anterior a la crisis, cuando surgió toda esa oleada de nuevos ricos ignorantes y pretenciosos en busca de obras de arte de “prestigio” para decorar sus lujosas y atroces residencias, financiadas con el dinero de la construcción y sus negocios aledaños. Toda esa anómala legión de analfabetos con el dinero sobresaliendo de sus bolsillos ha desaparecido—, dijo esto último con una  sonrisa divertida y nostálgica dibujada en sus labios. Seguidamente, bebió un breve sorbo de la pequeña taza de café solo, la apartó a muy poca distancia de sí, y continuó—:  Lo que ha quedado tras la resaca es la solvente y tradicional clientela de siempre, pero en su mayor parte ha dejado de comprar ante la actual incertidumbre económica. Algún excepcional, raro y aventurado cliente ha decidido apostar fuertemente por el mercado de obras de arte ante el temor de que el euro desapareciera y volviéramos a la peseta—. Volvió a interrumpirse de nuevo, bebiéndose lo que quedaba de café y colocando la pequeña taza sobre el platillo. A continuación, le dio  una calada al cigarrillo, cuyo filtro había quedado pintado por el carmín, y exhaló el humo mientras seguía hablando—: Y luego nos quedan exquisitos clientes como usted que, fieles a la casa, realizan con cierta periodicidad encargos especiales, caros y exigentes—, concluyó halagadora, con una sucesiva sonrisa servicial y satisfecha en su rostro, mientras la nube de humo se diluía sobre la mesa.

 Después de echar un rápido y distraído vistazo a Lidia, que parecía encajonada en su silla, aferrada a su amplio bolso de piel negro, que no había probado ni gota del vaso de agua con hielo que tenía delante, y que había seguido seria, callada y atenta el discurso de su jefa, volvió de nuevo su atención a Don Amador, al que preguntó—: Y a usted, ¿cómo le va en su jubilación? Espero que mejor que a mí—, se apresuró a añadir, echándose hacia el respaldo de la silla, dándole una nueva calada al cigarrillo, acodando su brazo sobre el dorso de la mano del otro, apoyado bajo su pecho, y girando la cabeza para exhalar la columna de humo agrisado y nebuloso hacia un lado.

Tras un pausado silencio, espeso y algo incómodo que se extendió en torno a la mesa, Don Amador se decidió a hablar—: No puedo quejarme—, se aventuró a decir—. Después de casi cincuenta años de denodado esfuerzo y de trabajo, accedí a esa especie de etapa suspendida de espera antesala del juicio final—, reflexionó con una mirada triste y resignada y una sonrisa un tanto burlona y amarga en su rostro, mientras cogía de nuevo la taza de café con su mano izquierda, utilizaba la derecha como apoyo y se la llevaba a los labios, le daba un largo y continuado sorbo y la colocaba sin soltarla, algo agitada, de nuevo sobre el platillo—. Me jubilé unos meses antes del estallido oficial de la crisis, con la quiebra de Leman Brothers, en septiembre de 2008. Los años anteriores vivimos el desenfrenado boom inmobiliario que tenía algo de demoníaco y que se tradujo en la notaría en un aluvión mareante de contratos de compraventa de viviendas. En aquella época, la hilera de enfebrecidos compradores y entusiasmados vendedores esperando su turno a las puertas del despacho, en su frenética búsqueda de la aquiescencia de un fedatario público, parecía no tener fin, el reverso de lo que ahora son las interminables colas de parados que se forman en las oficinas de empleo para buscar un inexistente puesto de trabajo, cobrar la prestación de desempleo o pedir un subsidio—. Volvió a llevarse con ambas manos la taza de café con leche a sus labios, que terminó y dejó sobre el platillo. A continuación, se acercó el cigarrillo a los labios, le  dio una demorada calada y, tras mirar durante un rato hacia la lejanía pellizcándose los labios con los dedos de la mano que sostenía la boquilla con el cigarrillo, pareció retornar, y reanudaba, algo afectado, su discurso—: Por lo demás, paso mis últimos días recordando a mi pobre mamá, que nos abandonó una cruda y funesta noche de invierno hará poco más de dos años y medio. Vivo con la sola compañía de Marcela, que cuidó de ella con dedicación y bondad hasta el final y ahora hace lo propio conmigo—. Interrumpió su discurso para ahogar su emoción y, tras titubear un poco, continuó—: Cada mañana bajo a esta terraza para participar en la sociedad y para mover un poco las piernas por indicación médica. Me tomo estos insípidos cafés, leo la anodina prensa. Por las tardes me recluyo en mi modesto estudio y cultivo mi espíritu escuchando música, leyendo libros, viendo cine, reflexionando o recreando mi vista cansada con ilustraciones de libros de arte o con las antiguas y delicadas maravillas que te encargo cada cierto tiempo. Al caer el sol, me siento, si el tiempo lo permite, fuera en la terraza con una manta que caliente mis piernas y una copa de un envejecido Marquis de Montesquiou que tibie mi espíritu a contemplar privilegiado el moribundo crepúsculo que estalla en mil tonalidades sobre la arboleda de la Casa de Campo mientras la oscuridad de la noche se va cerniendo y cae sobre mí. No hago otra cosa que vivir esperando a la muerte con una mezcla de paciencia y desesperación—, concluyó ante las dos mujeres, que habían permanecido calladas escuchando con aparente atención la larga respuesta convertida en soliloquio de Don Amador, que fue a darle la última calada al cigarrillo pero ya se había consumido y apagado, por lo que liberó la colilla de la boquilla y la dejó caer inerte en el cenicero.

 El ambiente tranquilo de la terraza se vio alterado por la llegada de un grupo de jóvenes vestidos con ropa deportiva, corpulentos y con barba en su mayor parte, con pinta de jugadores de rugby que acabaran de terminar un partido, que ruidosamente arrastraron y juntaron un par de mesas con sus correspondientes sillas, en las que se sentaron formando una arracimada y bullanguera piña que bromeaba entre sí vociferando, dándose recias palmotadas en la espalda y los brazos, prorrumpiendo en sonoras carcajadas, o  llamaba con insistentes silbidos al camarero, Armando, quien permanecía quizás atareado en el interior del local. El otro cliente que permanecía sentado en torno a una de las mesas de la terraza, el hombre vestido con traje azul marino con raya diplomática y corbata de un rojo chillón, con gabardina gris y con gafas de sol, tecleaba deprisa en una tableta electrónica que había sacado de su maletín, apoyado en uno de los laterales de su silla, y sonreía cada cierto tiempo, como si estuviera chateando con alguien divertido a través de la tableta o le hiciera momentánea gracia las quizás ocurrencias que estaba escribiendo. De vez en cuando, hacía una pausa y paladeaba una copa de vino blanco o picaba de un plato de panchitos tostados y salados que le habían traído como aperitivo, lanzándoselos desde cierta distancia a la boca.

 Enseguida Don Amador comenzó a exteriorizar su disgusto ante la presencia ruidosa del grupo de jóvenes adoptando, en primer lugar, una postura rígida que denotaba dignidad y paciencia, con las piernas dobladas y juntas, los brazos pegados al cuerpo y las manos entrelazadas, firmes y quietas sobre su regazo. Al rato se revolvió incómodo e inquieto en su silla, cruzando y descruzando varias veces las piernas, tamborileando nervioso los dedos de sus manos sobre los reposabrazos o emitiendo ligeros y continuos carraspeos mientras echaba ojeadas con un mohín de desagrado al grupo de jóvenes reunidos en torno a la mesa vecina. Finalmente, se dio por vencido, levantó y dobló en ángulo recto su brazo derecho, que mantuvo a cierta distancia, observó la hora en su caro Rolex de plata de tonos blancos y azules e informó a las dos mujeres que lo acompañaban:

—Ya es la hora del aperitivo, que Marcela nos servirá en casa.

 Dicho esto, las dos mujeres se levantaron de las sillas, no sin antes Silvia recoger su pequeño bolso de mano gris colocado sobre la mesa ni Lidia darle un trago largo y apresurado al vaso de agua mineral con hielo, que quedó por la mitad. Don Amador se puso trabajosamente en pie apoyándose en los reposabrazos de la silla mientras Silvia cogía y le acercaba el bastón de madera de nogal con la cabeza de un galgo esculpida en su empuñadura de plata y le ponía la mano en la espalda, y Lidia apartaba la silla de Don Amador y le cedía su brazo para que lo utilizase como su otro apoyo. Así, maniobraron los tres en la terraza, tuvieron tiempo de de decir adiós a Armando, quien, en ese momento, salía algo atribulado del interior del local y que les devolvió el saludo con una inclinación de la cabeza, y se encaminaron lentamente hacia el portal de la casa de Don Amador, que avanzaba dando pasitos apoyado sobre su bastón, escoltado y sostenido por ambas mujeres.

 Llegaron a la puerta señorial de hierro macizo, enrejada y con acabados dorados del portal, donde los tres se detuvieron. Don Amador se desembarazó con cautela del apoyo de  Silvia, quien se echó un paso hacia atrás y dejó que Don Amador se acercara al telefonillo y pulsara el botón de su casa. No tardó mucho en responder la voz suave y dulce de una mujer madura con acento sudamericano. Tras sonar un pitido, Silvia abrió la pesada puerta y los tres se adentraron en el portal, quitándose las dos mujeres las gafas de sol. Don Amador pidió a Silvia que encendiera las luces pulsando un botón junto a la puerta de entrada pues, a pesar de ser mediodía, el amplio portal, decorado con mármol rosado y veteado de blanco, verde y morado, con un enorme espejo enmarcado en madera que cubría entera la pared de la izquierda, se mantenía en una ligera penumbra. Al encenderse la luz, Lidia, situada a la derecha de Don Amador, en un acto reflejo, se miró en el espejo y observó con una sorpresa que le produjo una sensación de extrañeza la figura levemente encogida que componían los tres mientras subían los peldaños de la pequeña escalinata de entrada, con Silvia y Don Amador de lado y ella de frente. Tras avanzar unos pasos, se pararon ante el hueco enrejado del ascensor, a cuya izquierda se iniciaba la escalera principal, con peldaños de madera, alfombrada en su parte central y con un pasamanos de metal, cilíndrico y dorado, que la rodeaba a lo largo de los entrepisos del edificio. Un poco más allá, en la pared contigua, se encontraba el estrecho habitáculo vacío del portero con la ventanilla abierta, junto a la puerta de su vivienda. Silvia pulsó el botón del ascensor y esperaron durante un rato en silencio a que bajara, hasta que Don Amador, preso de cierta ansia, se volvió hacia Silvia y lo rompió preguntando:

—¿Me has traído exactamente la figurilla que te pedí?

—Me ha resultado muy difícil conseguirla, de ahí el precio tasado, pero sí. Exactamente la que usted quería.

—A estas alturas de mi vida, con mis años a cuestas, el dinero no es importante para mí. Mi rutina diaria es austera, casi espartana, como corresponde a casi todos los viejos. Solo me concedo cada cierto tiempo estos pequeños caprichos. Mis delicados, únicos y maravillosos vicios confesables—, contestó a Silvia con una sonrisa animada y cómplice, quien se limitó a asentir y a observar cómo el ascensor bajaba en ese momento por el hueco enrejado y tocaba tierra.

 Silvia y Lidia abrieron, cada una a un lado de Don Amador, las pequeñas puertas de madera del antiguo ascensor, y lo ayudaron a entrar. Una vez dentro, ambas cerraron las puertas, Silvia pulsó el botón con el número cinco, pues lo tenía más mano, y comenzaron a subir. Cuando llegaron al quinto piso, el ascensor se paró, ambas mujeres abrieron las puertas y los tres salieron de él con algunas dificultades. A la izquierda del descansillo, la puerta del piso estaba abierta y, en el umbral, una mujer menuda, regordeta, de rasgos indios, con un camisa de finas rayas blancas y azules celestes, una falda lisa blanca y tocada con una cofia y un delantal también blancos había salido a recibirles con un «Buenos días, señores». Enseguida Marcela se adelantó para sustituir a las dos mujeres como sostén de Don Amador pero este se desembarazó del apoyo de ambas y rehusó la ayuda de su asistenta, quien se puso a un lado y dejó pasar a Don Amador que, pasito a pasito y con su bastón como soporte, en un equilibrio un poco inestable, se adentró en el interior de la casa seguido de las dos mujeres y de Marcela, que cerró la puerta con suavidad.

 En el amplio recibidor, con entarimado de madera que crujía al pisarlo, extendido por toda la casa, Don Amador entregó su sombrero de Panamá a Marcela, dejando al descubierto una vasta y reluciente calva, lo que provocó en Lidia una sorpresa que trató de disimular, y pidió a Marcela que sirviera el aperitivo en su estudio. A la derecha del recibidor, se abría un largo pasillo que conducía a los baños y dormitorios y, a la izquierda, otro pasillo más corto conducía a la cocina, con despensa, tendedero y acceso a la escalera de servicio, además de un dormitorio y baño adyacente, a los dos lujosos y espaciosos salones con acceso a la extensa terraza con vistas al Parque del Oeste y, más a lo lejos, a la Casa de Campo, al comedor  y al estudio. Don Amador se volvió hacia las dos mujeres, a quienes dijo que quería enseñarles algo, y se encaminó con la ayuda de su bastón hacia la parte de descanso de la casa, por lo que ambas le siguieron por el largo pasillo.

 A la mitad del recorrido, Don Amador se paró, abrió la puerta de una de las habitaciones y esperó a las dos mujeres en el umbral, quienes entraron y pudieron observar una estancia que parecía una celda monástica, con una ventana sin cortinas que daba a un patio interior, por la que se colaban los rayos refulgentes del sol de mediodía, que iluminaban abigarradas y diminutas motas de polvo en suspensión sobre el suelo, sin apenas mobiliario y con las paredes desnudas, salvo la presencia de una cama individual espartana, con una liviana manta negra sobre las sábanas blancas, presidida por un enorme y pesado crucifijo de madera con una figura de Cristo policromada, una silla y una estrecha mesa pegadas a la pared de enfrente, sobre la que había depositada una biblia apergaminada y cerrada, y, en el centro de la habitación, un antiguo reclinatorio almohadillado ante un altar con una escultura de tamaño medio de la Virgen de Lourdes, vestida con una túnica de color marfil, un manto y una cinta en la cintura, ambos de color azul celeste, con un rosario colgándole del brazo y una rosa color burdeos sobre cada pie, en actitud orante y mirando hacia el cielo, rodeada de cirios encendidos y de ramos frescos de rosas blancas y rojas.

—Esta fue la habitación que mandó hacer y en la que quiso vivir mi pobre mamá desde que muriera mi difunto padre hasta sus últimos días, que en la gloria estén y que Dios les haya acogido en su seno—. Al decir esto, Don Amador se hizo la señal de la cruz en el cuerpo, en un gesto como mecánico y vacío de contenido, hecho por inercia, procedente de una costumbre no olvidada del todo, y añadió—: Está tal y como era cuando mamá aún vivía y como quiso que permaneciera una vez que nos abandonara, obligándome a jurar en su agonía que así lo haría hasta que yo me reencontrase con ellos. Así que tan solo me he limitado a cumplir su deseo—, concluyó emocionado, con los ojos humedecidos y  brillantes.

—¿Es la talla de algún no muy conocido maestro español del Barroco?—, preguntó tímidamente Lidia, quien seguía llevando su amplio bolso negro de piel colgado sobre su brazo pero de una manera más suelta y cómoda.

—No—, informó Don Amador—, es de escayola, comprada por mi pobre mamá en una tienda de recuerdos durante una de sus visitas al santuario de Lourdes. Así es como lo quiso—, suspiró—. Ahora vayamos a mi santuario particular—, pidió a las dos mujeres—. Estoy expectante por ver la pieza que me habéis traído.

 Don Amador volvió sobre sus pasos por el pasillo con lentitud, seguido a poca distancia de las dos mujeres, que los tres recorrieron hasta desembocar en uno de los dos lujosos y espaciosos salones, conectados entre sí por un vano abierto en la mayor parte de la pared central. Desde la entrada, pudieron observar un extenso tapiz que recubría la pared de la derecha y que representaba una de las doce escenas de las Cacerías de Carlos V, a cuyos pies se situaba sobre una alfombra persa un conjunto de amplios y mullidos sofás revestidos de tela amarilla, con una mesa baja de madera clara y cristal en el centro.

 A lo lejos, superando el vano abierto que conectaba ambos salones, en la pared del otro extremo, más allá de otro agradable grupo de sofás tapizados con una tela de color gris ceniza dispuestos sobre otra colorida alfombra, pudieron vislumbrar parte de la disposición de una chimenea de mármol jaspeado de color verde esmeralda, cuya repisa adornada con cerámicas neolíticas recorría en horizontal toda la pared y, en vertical, la campana y el tubo adquirían una forma de geométrica y simétrica Y, en cuyos huecos, a ambos lados, se encontraban colgados varios trofeos de caza, en concreto un par de cabezas disecadas de ciervos coronados con ramificadas y espectaculares astas, de dos jabalíes con colmillos sobresalientes y puntiagudos y de otro par de cabezas de cabras montesas con dos poderosos  e intimidantes cuernos curvos. A la izquierda, justo donde comenzaba la cristalera que daba acceso a la terraza y que recorría ambos salones, un enorme y pavoroso oso, de pie sobre sus dos patas, con zarpas largas y afiladas y fiera dentadura, completaba el conjunto taxidérmico. A la derecha, una puerta corredera daba acceso al comedor.

 En la pared de la izquierda del primer salón se encontraban colgados un cuadro de naturaleza muerta de la escuela barroca y otro clasicista de escena de paisajes, entre los que se abría otra puerta corredera que daba acceso al estudio, por la que Don Amador, una vez que sus invitadas contemplaron la parte principal de la casa, se adentró seguido por las dos mujeres.

Ya en el interior, que se mantenía en penumbra a pesar de la ventana con la persiana subida en la pared frente a la entrada, que daba acceso al patio interior, las dos mujeres pudieron observar una estancia no demasiado grande, donde, a la izquierda, una librería atestada de libros ocupaba toda la pared y, junto a ella, se situaba una cómoda butaca tapizada de cuero de color negro, una sólida y ancha mesa oscura de madera noble llena de libros, carpetas y papeles, con una pequeña lámpara y un teléfono fijo, y dos sencillas sillas, de metal y acolchadas, para los invitados. En la otra pared se desplegaba un mueble funcional de color negro y en forma de U repleto de discos y películas en formato CD y DVD, a cuyos lados había dos bafles y sobre el cual se ubicaba una televisión de plasma con una gran pantalla y un lector de discos. Presidiendo el conjunto, en el hueco central de la pared, había colgado un retrato realista de cuerpo entero de un hombre en torno a los cincuenta años posando de frente, togado y con puñetas, con una mirada altiva y severa, incluso adusta, con un brazo tendido y pegado al cuerpo y con la otra mano apoyada sobre una mesa con el busto de la figura alegórica de la Justicia, una pila de voluminosos libros de códigos sobre el que se apoyaba uno abierto y un corto mazo y su pie. En la pared frente a la entrada, contigua a la ventana que daba al patio interior, se disponía una amplia vitrina rectangular en forma de estantería en la que permanecían expuestas una serie de antiguas figurillas, ordenadas en hilera sobre un pedestal continuo forrado de terciopelo negro, con un hueco libre al final. Lidia, de manera espontánea, fue la primera en acercarse, seguida por Silvia, a quien el gesto de curiosidad de su subalterna le provocó una simpática sonrisa, y por Don Amador que, una vez frente a la vitrina, se apresuró con cierta excitación a pulsar un botón situado en uno de sus lados, por lo que su interior quedó iluminado por una luz amarillenta, cálida y envolvente emitida por diminutos focos desde distintos ángulos.

 Silvia fue la primera en hablar y su discurso, sobre todo, se dirigía a Lidia:

—Aunque se supone que no hace falta que te las presente, lo haré porque me place sobremanera. Ni te imaginas aún el trabajo que nos ha llevado conseguir estas preciadas piezas. Esta primera que ves, la que inaugura la fila, es una figurilla femenina de marfil que mide unos diez centímetros aproximadamente. Tiene el pelo grabado y un rostro sin fisonomía, no tiene brazos y sus atributos femeninos, como las mamas y las caderas, están muy exagerados, o muy marcados, como el triángulo púbico, delimitado por esas robustas y carnosas piernas que se cortan en las pantorrillas. Esta figurilla, como bien sabes, se encuadra dentro de las Venus paleolíticas, que se cree que podían ser la representación de una Diosa Madre protectora de la fertilidad, cuyo culto estaría extendido durante el Paleolítico Superior por toda la región euroasiática, o bien no eran más que simples amuletos apotropaicos, es decir, objetos mágicos propiciadores del bien y alejadores del mal. Apenas se han encontrado un centenar de ellos, lo que explica su altísimo y desorbitante precio. Incluso las reproducciones, utilizando el mismo material y ejecutando las mismas técnicas con las que se hicieron en el pasado, resultan caras—. Al decir esto, echó una ojeada a Don Amador, como para que corroborara sus palabras, quien asintió aunque un poco titubante.

—Me parece increíble que la tienda haya podido conseguir una pieza como esta, tan singular y única, y que usted, Don Amador, haya conseguido pagarla, pues su precio debe ser prohibitivo, accesible solo a tesorerías como la de los Estados, y aún así—. Lidia detuvo su comentario, y observó de nuevo con demora la figurilla mientras parecía reflexionar, y después lo retomó—: Por otra parte, su parecido a un original resulta escalofriante. Y es que incluso el paso del tiempo está esculpido en la figura.

—Claro, niña querida, por eso es una reproducción, carísima, por cierto—, le contestó Don Amador, devolviendo la ojeada, en este caso ladina, a Silvia—. La siguiente figura te la presentaré yo, porque aunque con seguridad tus conocimientos sobre arte sean más amplios que los míos, no dejo de ser un coleccionista privado experto de los pretéritos objetos que adquiero. Como puedes comprobar, es un ídolo cicládico de mármol, de cuerpo entero y formas geométricas, estilizadas y levemente femeninas, con un rostro con los ojos y la nariz apenas esbozados, los brazos alineados bajo el pecho, y con los senos y el triángulo púbico remarcados. Estas figuras se cree que también podían representar a una diosa de la fertilidad, o ser figuras de antepasados acompañantes de los difuntos al Más Allá, o figuras de sirvientes, al modo de los ushebtis egipcios, sustitutivas de sacrificios humanos, o bien amuletos apotropaicos. El más conocido de todos ellos, perteneciente a las series más recientes y evolucionadas, es el arpista de Keros, albergado en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, que ya me gustaría tener incorporado en mi modesta colección, pero eso es, sencillamente, imposible.

—En este caso, el parecido es incluso mayor a los originales que la anterior figurilla—, terció con estupefacción Lidia, quien se acercó aún más a la vitrina para observar la pieza con escrupulosa minuciosidad.

—En este caso, se trata de un original, y no de los más caros que tengo en la colección, desde luego respecto al que me habéis traído hoy. Siento incluso dolor físico por no haberlo visto todavía—, añadió Don Amador, desviándose un poco del tema que estaban tratando—. Pero sigamos, aunque solo sea un poco más rápido, con la presentación—, se apremió aparentemente a sí mismo reenfocando de nuevo la conversación—.  La tercera pieza que ves es, precisamente, un ushebti egipcio, de unos veinte centímetros aproximadamente, procedente de la tumba del faraón Seti I, descubierta por Belzoni en 1817, en la que se habrían encontrado unos setecientos, según los documentos de autenticidad que me entregó Silvia, lo que explicaría su alto valor—, enfatizó, y calló durante un momento. Silvia, con el gesto serio, incluso lívido de forma incipiente, se palpó el nudo de la corbata, la acarició de arriba abajo observándose, y se dispuso a decir algo, pero Don Amador continuó con su explicación—: Está elaborado con fayenza, una cerámica vidriada que, una vez cocida, adquiere un tono brillante, y está pintada de color azul cobalto. Representa a una momia con el tocado Nemes, un atributo del poder real, con los brazos cruzados sobre el pecho, con dos azadas asidas con sus manos y con bandas horizontales rodeando las extremidades inferiores, sin esbozar y en forma de triángulo, de inscripciones mágicas y funerarias del Libro de Los Muertos, además del nombre del propio faraón. Su fin era ser revivido por Osiris, el dios de los muertos, mediante el empleo de esas fórmulas mágicas, quien teóricamente también resucitaría a Seti I pronunciando su nombre, y una vez hecho esto el sirviente serviría eternamente al faraón en las tareas de irrigación y labranza en el Más Allá.

 Se oyeron un par de toques en el marco de la puerta corredera del despacho, dados por Marcela que, a continuación, entró sosteniendo una bandeja con tres copas de lo que parecía ser champagne y con la correspondencia del día, que dejó sobre la mesa. Tras decir un rutinario: «¿Desearía el señor alguna otra cosa más?», y obtener una especie de gruñido negativo de Don Amador, Marcela se encaminó a la entrada con las manos metidas en los bolsillos de la falda y salió.

—Vayamos ahora a contextualizar y a describir la cuarta pieza—, apuntó Silvia, en un tono lánguido y condescendiente—. Aunque, en este caso, se trata de un conjunto excepcional de tres figurillas helenísticas de terracota procedentes de la ciudad de Mirina, en Asia Menor. Representan a un grupo de actores que se cree que, a su vez, representan algunos de los arquetipos de la vieja Comedia Nueva, un estilo teatral algo ya alejado de la época de Aristófanes, durante la democracia ateniense, con sus temas de contenido político, y más centrado en los aspectos cómicos de la vida privada y cotidiana, cuyo principal representante fue Menandro, quien influyó sobremanera en comediógrafos latinos como Terencio y Plauto, y estos a su vez, con su redescubrimiento por parte de los humanistas, en el teatro europeo del Renacimiento y del Barroco—. Echó una rápida y altanera mirada por el rabillo del ojo a Don Amador, y continuó hablando—: En la primera figura que observamos, vemos a un actor enano, calvo y cabezón, feo en extremo y de aspecto furioso, con una prominente barriga bajo su himatión o manto ceñido sobre su hombro izquierdo, que le llega hasta los pies y que deja parte de su pecho al descubierto, con una mano apoyada sobre la cadera y la otra alzada con la que parece acompañar su contrariado discurso a los espectadores. Podría representar el arquetipo del viejo avaro o del viejo verde—. Se detuvo un instante, como para coger aire, y prosiguió—:  La siguiente figura es la de un actor alto y delgado, vestido con un quitón o túnica bajo el himatión que tapa su hombro y brazo izquierdo y se ciñe sobre su cadera derecha, que porta una máscara de un viejo lleno de arrugas, con barba cuadrangular, coronado con flores y hojas de hiedra y serpentinas que le caen por los hombros. Se cree que representa el arquetipo del proxeneta. Por último, la figura de un actor que representa el arquetipo del soldado fanfarrón, sentimental y cobarde, barrigudo y borracho, vestido con túnica corta que le llega hasta las rodillas, ceñida por su cintura, clámide o capa corta abrochada con una fíbula sobre su pecho y kausia o sombrero macedonio, plano y circular, muy parecido al que llevan hoy en día algunos afganos que vemos en la televisión.

—Quizás el material en el que están hechos no sea muy preciado pero el conjunto proporciona una gran información sobre la cultura helenística, y además muestra perfectamente el tratamiento naturalista y expresivo del arte del periodo. Me encantan estas figuritas grotescas y risibles.

—Ahora es el momento de que me enseñéis la pieza que me habéis traído. Por favor, sentémonos en torno a la mesa del despacho. Los brindis con el champagne solo los postergaremos un rato—, dijo Don Amador, quien avanzó titubeante y raudo, pasito a pasito, apoyado sobre su bastón, hacia la butaca que presidía la mesa, mientras las dos mujeres se acomodaban en las sillas para los invitados.

—Bueno, Lidia, es ahora tu momento de protagonismo. No sigas dejando en ascuas a Don Amador, ya puedes sacar la pieza de tu bolso—, la apremió Silvia.

 Lidia, una vez sentada en la silla, había acomodado su amplio bolso negro de piel sobre su regazo. Introdujo las dos manos en su interior ahuecándolo y sacó un bulto de cierto tamaño envuelto en un saco de terciopelo púrpura atado con un par de cordones blancos. Desató los cordones y abrió el saco, y de él extrajo una figura de bronce de aproximadamente unos veinte centímetros de largo por diez de ancho, que entregó a Don Amador. Ahora fue Silvia quien tomó la palabra:

—La pieza es un tintinábulo o campana de viento hecha de bronce que representa a  Mercurio, el mensajero y escanciador de los dioses del Olimpo, dios a su vez de la elocuencia, de los viajeros y de los mentirosos, de los comerciantes y de los ladrones, aquel que guía a los espíritus de los muertos al Inframundo, gobernado por Hades. Su aspecto es el de un anciano, lo que llama la atención, puesto que suele estar representado con el aspecto de un joven. Su cabeza está adornada con una cresta y unos lóbulos que penden de sus orejas, atributos del gallo, animal que se mantiene vigilante y anuncia el nuevo día, y está dotado de un enorme y desproporcionado falo, un símbolo mágico en la cultura  romana que ahuyentaba a los malos espíritus, protegía del mal de ojo y proporcionaba buena suerte y prosperidad, del que pendía una campanilla que, lamentablemente, no se ha conservado. En su cintura lleva atado un cordel del que pende, a su derecha, una campanilla, y en una de sus manos sostiene otra campanilla, mientras que en la otra mano sostiene una bolsa llena de monedas. Estos tintinábulos se colgaban de los pórticos y las fachadas de edificios públicos y privados, y se supone que su tintineo por el viento salvaguardaba a todos aquellos que pasaban por debajo de él de los espíritus malignos y de la dañina magia oculta de los enemigos.

 Silvia terminó con su presentación y se extendió un cierto silencio entre los tres presentes mientras Don Amador, quien sostenía la pieza entre sus dos manos ahuecadas, permanecía extasiado contemplando el objeto. En un gesto pueril, acunó la pieza entre sus brazos y la  meció acercándosela a un lado de la cara, como si esta fuera un bebé y quisiera escucharle con ternura algún gorgorito. Después, sin poder contenerse, lo sostuvo delante de su cara a cierta distancia, como para observarlo mejor y reconocerlo como suyo propio, como si fuera su recién nacido primogénito, se lo acercó y le dio un sonoro beso en la punta del enorme y desproporcionado falo ante la mirada de incredulidad de las dos mujeres.

—Es un símbolo de buena suerte, y besarlo es una forma de quedar bajo su influjo protector. Vamos, mujeres, animaros a ello—, las pidió a ambas con exultante alegría—. Si no lo hacéis, sufriréis la malignidad de los hombres y de los espíritus, y quién sabe si las consecuencias de una infortunada conjunción de los astros.

 Lidia se mostró reticente en un principio, pues le parecía una absurda y solemne tontería lo que acababa de decir Don Amador, pero pensó que el anhelado encuentro esperado en el negocio desde hacía semanas con aquel frecuente y cumplidor cliente no podía haber tenido mejor resultado, que la venta parecía estar prácticamente cerrada y que no complacer a aquel señor mayor excéntrico y un poco pervertido podría desatar la animadversión de su jefa y desencadenar la pérdida de su actual trabajo, lo que no se podía permitir. Así que cogió la pieza de manos de Don Amador, se la acercó a la cara, frunció sus labios y apenas rozó con ellos la punta del enorme y desproporcionado falo, pasando rápidamente la escultura a Silvia. Poco a poco, unos crecientes sentimientos se fueron apoderando de su interior, que iban del enfurecimiento al asqueo pasando por una dolorosa sensación de derrota, pues cada vez era más consciente de que su gesto había menoscabado su propia dignidad en pos de su supervivencia. Silvia, quien, inexplicablemente, había comenzado a salivar momentos antes, cogió la escultura de manos de su asistenta y no se lo pensó dos veces, ya que para ella lo fundamental era que la venta quedara cerrada, que su cliente quedara contento, complacido y satisfecho, y que la semana siguiente recibiera su visita en la tienda de antigüedades  para la entrega de un cheque en mano con el dinero estipulado, con el que podría subsistir durante un tiempo. Así que se introdujo entero el enorme y desproporcionado falo en la boca, lo mantuvo durante un buen rato en ella y después lo sacó, quedando un poco babeante, lo que provocó la protesta de Don Amador, quien dijo que solo era necesario besarle la punta.

 A continuación, le entregó la pieza de bronce al antiguo notario ya jubilado, quien limpió y frotó el enorme y desproporcionado falo con su pañuelo blanco de lino, la dejó a un lado de la mesa, observó regocijado a las dos mujeres por su comportamiento obediente y sumiso ante sus supersticiosos y humillantes antojos, y alargó la mano hacia la bandeja, donde se encontraban dispuestas las copas de champagne, que fue entregando una a una a las dos mujeres.

—Brindo porque esta no sea la última vez que comerciemos bajo la protección de Mercurio. Ya no me queda sitio en la vitrina, por lo que tendré que disponer de otra para acomodar las siguientes figurillas, si es que no me muero antes—. Y, a continuación, levantó la copa, y las dos mujeres imitaron su gesto. Pero antes de brindar, quiso añadir algo más, una reflexión en voz alta—: Por otra parte, si eso ocurriera, ya tengo dispuesto en mi testamento quiénes serán los beneficiarios de mis propiedades. He nombrado como albacea al Colegio de Notarios de Madrid y como legítimos herederos a Marcela, a la que he dejado suficiente dinero como para que se pueda comprar una modesta vivienda acorde con sus necesidades y vivir sus últimos días sin excesivos lujos. El resto irá a parar a organizaciones de caridad de la Iglesia, como hubiera querido mi difunta y pobre madre. En lo concerniente a las figurillas, se las lego al Estado, pues creo que el Museo Arqueológico Nacional es el mejor sitio para su conservación y para su contemplación por parte de la ciudadanía, puesto que el arte debe ser patrimonio universal de todos. No he dejado nada a mi sobrino, al hijo de mi difunta hermana, que trabaja como bróker en un gran banco y que no se ha dignado a venir a visitarme desde la muerte de su madre. Ahora sí, brindemos.

 Tras el brindis, se extendió otro momentáneo silencio, que Don Amador aprovechó para echar un vistazo a la correspondencia, que cogió de la bandeja alargando la mano, de la cual llamaba la atención un sobre con cierto grosor, del tamaño de media cuartilla, con el logotipo de la Agencia Tributaria. Sacó un abrecartas de metal, afilado y con el puño historiado, un poco hortera, de uno de los cajones de la mesa, abrió el sobre por la parte superior de un tajo no demasiado limpio debido a su pulso destemplado, se puso las gafas de pequeñas lentes rectangulares y montura metálica, y comenzó a leer su contenido. Mientras hacía esto, Silvia carraspeó levemente, un poco nerviosa, y se lanzó a hablar:

—Si le parece, Don Amador, seguiremos el procedimiento acostumbrado. La semana que viene podrá pasarse cuando a usted mejor le convenga por la tienda donde le entregaré los documentos de autenticidad de la pieza de bronce que obran en mi poder con toda la información legal requerida y usted me proporcionará un cheque al portador con la cantidad convenida. ¿Tiene algún reparo en que los dispongamos así? Si lo prefiere, Lidia puede acercase aquí la semana que viene y entregarle los documentos y recoger el cheque…

 Pero Don Amador, en ese momento, no estaba escuchando a Silvia. Se mantenía enfrascado en la lectura de la carta, donde le anunciaban que, según los datos de los que disponía la Agencia Tributaria, tras la apertura de una investigación fiscal, durante los años inmediatamente anteriores a su jubilación se había producido un notable desfase entre los ingresos producidos por su notaría y los beneficios de su patrimonio invertido en distintos fondos de inversión y planes de pensiones con el saldo de sus cuentas corrientes, particularmente una que tenía domiciliada en Andorra que, tras el cambio de normativa en el seno de la Unión Europea sobre los paraísos fiscales, tenían fehaciente conocimiento de su existencia. Por lo que le urgían y le emplazaban a que, en el plazo de quince días naturales, se personase en la delegación de Hacienda más cercana a su domicilio para justificar con toda la documentación pertinente ese patrimonio del que la Agencia Tributaria no había tenido constancia de su existencia hasta ese momento ni sabía cuál era su origen.

 Don Amador se quedó rígido en su cómoda butaca de cuero frente a la mesa del despacho y frente a las dos mujeres sentadas en las sillas más modestas aunque cómodas para los invitados. Entonces comenzó a sonar el teléfono y, como Don Amador no hacía ademán de cogerlo y responder, Silvia le llamó por su nombre varias veces y le preguntó si se encontraba bien. Don Amador salió de su ensimismamiento y, por fin, cogió el teléfono.

—¿Sí?

—[…]

—Dime.

— […]

—¿Quién?

—[…]

 Don Amador se quedó callado y, por unos instantes, parecía no reaccionar. Su rostro aparecía desencajado, su cuerpo se había como desinflado, como si experimentara un gran abatimiento, y el tono que había utilizado al preguntar era de incredulidad, seguida de una profunda e  indisimulada decepción.

— ¿Estás segura?

— […]

—Sí, claro. Dile que pase—. Y colgó. Esto último lo dijo, como si fuera inevitable, como si de ninguna de las maneras hubiera otra opción.

— ¿Qué ocurre, Don Amador? ¿Ha ocurrido algo? ¿Son malas noticias?—, le inquirió Silvia apremiante y casi al borde de los nervios.

—No, nada. Era Marcela. Me ha comentado que hay un señor en el descansillo vestido de traje, con una gabardina gris y que porta un maletín, con pinta como de ejecutivo de una gran empresa, que ha llamado al timbre preguntando por la señora Silvia Mercader. Se ha presentado como Leonardo Presa, inspector de policía, y dice que quiere hablar con ella por un asunto de tráfico ilícito y falsificación de antigüedades.

 

http://carlosmanzano.net/narrativas/sumario48.htm

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu sitio web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: