El descuido

Yo[*], Germán Bórquez Mirador, con DNI 50.570.557-W, nacido el día 28 de enero de 1988, con domicilio en la calle Arroyofresno 25, sito en la población de Madrid.

Declaro en este proceso judicial abierto como testigo accidental y bajo juramento que los hechos relatados a continuación sobre el funesto suceso acaecido en torno a las 14:00 horas del día 5 de julio de 2010 en la piscina comunitaria del edificio residencial de la calle y número arriba mencionados son ciertos:

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Esa mañana me desperté sobresaltado por el golpetazo seco de la puerta de casa que dieron mis padres al marcharse de vacaciones. Con mi cuerpo entumecido envuelto entre las sábanas húmedas y arrugadas de mi cama, con mi cabeza hundida en la empapada, mullida y maltratada almohada tras una tórrida noche de enfebrecido insomnio solo atenuado por el ligero frescor de una brisa levantada al amanecer que se colaba por la ventana abierta y la persiana medio bajada, fijé mi mirada parpadeante en un punto indefinido del techo durante unos breves segundos, con la mente en blanco, y me pregunté dónde me encontraba.

Poco a poco, recorrí la habitación con mis ojos vagos y reconocí en las paredes las estanterías alineadas y simétricas ocupadas por impecables filas de impolutos libros dispuestos en riguroso orden cronológico, el pulcro escritorio funcional de madera clara, situado a la izquierda de mi cama, sobre el que descansaban, entre otros objetos, mi ordenador portátil plegado y el ratón correctamente colocado sobre su alfombrilla, con su cable recogido mediante una tira entrelazada de plástico, un teléfono inalámbrico con su correspondiente base, una caja grande de clínex y una funda con mis gafas progresivas. En el estrecho hueco inferior del escritorio se ubicaba, a la derecha, una diminuta y vacía papelera metálica, y una silla gris de oficina con ruedas permanecía encajada, con su recto respaldo arrimado a la mesa, dejando tan solo unos centímetros de espacio respecto a esta.

Tras ese instante de perplejidad y de reconocimiento, giré la cabeza con esfuerzo, con el cuerpo derecho aún agarrotado, las palmas de las manos extendidas sobre las suaves y gastadas sábanas, y escudriñé la hora marcada en los números rojos y luminiscentes del despertador, situado sobre la encimera:

*08:02

Así la sábana con mis manos, emití un contrariado suspiro y me tapé con ella hasta el cuello. Volví a fijar mi mirada en el techo, esta vez en un punto definido, y me quedé un rato quieto en esa posición hasta que hice acopio de fuerzas y, con un impulso, me levanté con pesadez de la cama. Adormilado, di un par de pasos arrastrando los pies hacia el escritorio, donde abrí la funda de mis gafas progresivas y me las puse.

Salí de la habitación esquivando la puerta en dirección al baño, donde abrí el grifo del lavabo, me quité las gafas y me mojé la cara con agua fría creando una forma de cuenco con mis manos. Mientras me secaba el rostro con la toalla con lentitud y cierta negligencia, contemplé desdibujado mi aspecto de recién levantado en el espejo: una maraña rubia con tonalidades cobrizas de pelos largos, lacios y despeinados caía sobre mis hombros, una mancha dorada difusa con destellos rojizos se extendía por la parte inferior de mi cara y acababa en forma de finísimas, apenas apreciables trenzas más allá del mentón, y mi torso y mis brazos desnudos se mostraban cubiertos de  borrosos y coloridos tatuajes. Introduje la toalla en el toallero metálico circular, me puse de nuevo las gafas y,  mientras me recogía parte del pelo hacia atrás en una coleta con una goma que rodeaba mi muñeca, observé con nitidez a través de las lentes circulares de mis gafas de fina montura metálica los aros que pendían de mi nariz y mis orejas y mis enrojecidos, inquietos, titilantes ojos pardos escrutándose veladamente a sí mismos en busca de un posible interrogante.

Tras despedirme de mí mismo sin apenas posar mi mirada en el espejo, dirigí mis pasos hacia la cocina, donde suponía que quedaría algo de café tibio en la vieja cafetera que habrían hecho mis padres antes de marchar a la casa solariega que poseíamos en los alrededores de Santillana del Mar.

Los oblicuos y luminosos rayos del sol se colaban a través de la puerta acristalada de la terraza e iluminaban la vieja cafetera, dispuesta sobre la placa de vitrocerámica. Abrí el frigorífico y saqué de él los tetrabrik de zumo de naranja y leche desnatada, del que pude comprobar al peso y al agitarlo varias veces que estaba prácticamente vacío. Tiré el tetrabrik al cubo de los envases y fui hacia la puerta acristalada de la terraza, que abrí para coger otro tetrabrik de leche desnatada y donde pude sentir en la piel la calidez de los rayos del sol a esas horas de la mañana. Cerré la puerta y me dirigí al armario sobre la pila donde cogí un vaso y una taza. Abrí el microondas y cogí la jarra de leche de su interior, que rellené. Introduje la jarra en el microondas, cerré la puerta y lo accioné. Mientras se calentaba la leche, rellené el vaso de zumo de naranja y la taza de café tibio que agoté de la cafetera. Me bebí el zumo de naranja de un trago, reseco de la calurosa noche anterior y, al oír el timbre del microondas, abrí la puerta, cogí la jarra y rellené la taza de leche hasta el borde. Cogí la taza y me encaminé al salón que, a aquellas horas, aún se mantendría fresco, en una ligera penumbra.

Una vez en el salón me acerqué a los amplios ventanales que recorrían una de las paredes y que daban al jardín y a la piscina, además de a una de las fachadas del otro edificio residencial de la finca, atraído por el sonoro petardeo, repetitivo y constante, de un motor. Desde ahí pude observar los altos y frondosos árboles reverdecidos que se desplegaban entre ambos edificios y, a través de las ramas de los más próximos, el reluciente césped recién cortado por el jardinero de un color verde intenso con montones de hierba cortada de un color verde más oscuro diseminados aquí y allá, y el rectángulo de color azul turquesa de la piscina, enmarcado por grandes y rugosas losas blancas de cemento y rodeado su perímetro por una valla verde de metal y alambre entrelazado de poco más de  medio metro de altura. No había nadie más a esas horas, lo que resultaba comprensible, pensaba, mientras daba ligeros sorbos a la taza de café con leche, que, al menos, el joven socorrista no hubiera llegado todavía, a tenor de la hora. Al cabo, me volví y me dirigí hacia el sofá donde me acomodé, cogí el mando de la televisión y pulsé el botón de encendido, puse el canal de noticias y, mientras las veía, me dispuse a terminar mi frugal desayuno.

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Cerré la puerta de casa con llave y bajé el corto tramo de escaleras que desembocaba en uno de los laterales del largo y estrecho portal, recubierto de relucientes baldosas de mármol beige a la luz del sol, donde en la pared longitudinal externa se abrían espaciosos ventanales con enmarques metálicos dorados, y la interna estaba cubierta en parte por dos grandes espejos horizontales con marcos dorados de madera, separados ambos por la mesa del conserje con el delineado mueble cuadriculado de buzones detrás. Frente a este se situaba la propia puerta del portal, que abrí una vez pulsado el botón, situado en uno de sus laterales, y salí al pequeño corredor que llegaba hasta la puerta de barrotes de hierro de color pizarroso de la entrada, delimitado a ambos lados por rectangulares macetas con pequeños arbustos leñosos con la copa delicadamente recortada y con otros de flores mimosas arracimadas de color blanco y lila, a cuyos lados se desplegaban sendos jardines minimalistas y geométricos de estilo japonés, con varias plantaciones de altos juncos acabados en flores con aspecto de plumillas, rodeados por diminutos y sinuosos senderos de gravilla blanca demarcados por pequeñas piedras irregulares, situados a los pies de la alta fachada con ventanas y extensos balcones paralelos del edificio.

Tras salir a la calle, me dirigí a la acera de enfrente, donde a unos metros escasos se encontraba estacionado el Volkswagen Polo GTI de color negro metalizado que me habían regalado mis padres por previsiblemente conseguir el título de licenciatura este mismo mes de julio. Abrí el coche con el mando a distancia y me senté en el asiento delantero. Cerré la puerta, me abroché el cinturón de seguridad e introduje la llave en el contacto. Ya con el motor en marcha, pisé el acelerador con el pie derecho para dejarme envolver en su potente ronroneo y en sus carburantes y oleosas emanaciones. A continuación, pulsé el botón del aire acondicionado y giré la manecilla hasta situarlo al tope: poco a poco el denso aire frío fue expandiéndose por el interior del vehículo.  Enchufé el MP3 que había cogido de casa a la radio del coche, elegí para escuchar durante el trayecto el último disco de Valhalla, mi grupo favorito, y subí el volumen: pronto el golpeo de los platillos y el retumbe de los tambores de la batería, los acordes eléctricos y estridentes de las guitarras y los roncos alaridos del cantante  invadieron el habitáculo. Me miré unos segundos en el espejo retrovisor y me coloqué  mis gafas progresivas sobre el entrecejo con mi dedo anular situado sobre el puente. Después, con la mano derecha metí primera en la palanca de cambios, giré con suavidad el volante y puse rumbo hacia la Facultad de Geografía e Historia de la Ciudad Universitaria para averiguar la nota de mi trabajo de fin de carrera: Los vikingos en la Península Ibérica.

El parking de la facultad se encontraba semivacío, ya que el periodo lectivo había finalizado hacía un mes y la convocatoria de los exámenes de junio la semana anterior. Aparqué a escasos metros de la puerta principal de entrada del alto edificio rectangular con aspecto de caja de cerillas, donde observé a través del parabrisas, mientras apagaba el motor y me desabrochaba el cinturón de seguridad, cómo algunos escasos estudiantes solitarios, como exiguas gotas de lluvia que empapan fugazmente el recalentado suelo, caídas de purpúreos nubarrones de verano que no terminan de cristalizar en una tormenta, se adentraban en su interior, quizás para ver publicadas sus notas, para realizar distintas gestiones administrativas o para iniciar algún curso intensivo de verano. Salí del coche, me giré, lo cerré con el mando a distancia y lo comprobé a través del breve parpadeo de las luces intermitentes, y me encaminé hacia la puerta principal de entrada.

Ya en el interior constaté con grato placer la fresca temperatura ambiente y me dirigí hacia la zona de los ascensores, situados frente a la entrada, cuyo botón pulsé y esperé a que bajaran. En el amplio vestíbulo, a la izquierda, un estudiante permanecía junto a la única de las ventanillas de administración sin las persianas totalmente bajadas entregando papeles y escuchando con atención la desde mi posición inaudible voz que saldría de su interior, agachándose levemente para ello, como una acción refleja. A través de las columnas pude entrever a otros estudiantes que parecían dirigirse hacia la escalera central que conducía a la planta baja, donde se situaba la cafetería, una librería, además de otra fila de ventanillas de administración, aseos, pequeños despachos que funcionaban como sedes de organizaciones estudiantiles y distintas aulas, o hacia los pasillos laterales que llevaban a la otra parte del vestíbulo que conectaba con la biblioteca mediante un techado corredor en altura o desde donde partía el tramo de la escalera central que conducía a la segunda planta, con otra serie de indistintas aulas, el salón de actos, aseos, además de su correspondiente zona de ascensores. A la derecha, frente a los paneles de corcho acristalados que cubrían la mayor parte de la pared, donde se encontraban clavados con chinchetas multitud de listados publicados de notas, un grupo de dos o tres estudiantes con mochilas a sus espaldas charlaba relajadamente y otros dos estudiantes aislados y distanciados entre sí escrutaban su contenido con detenimiento y minuciosidad, con un semblante concentrado y un poco tenso, ambos con la cabeza casi pegada al cristal, uno con una mano situada sobre su barbilla y el otro deslizando con lentitud su dedo índice sobre el cristal de arriba a abajo.

Por fin, uno de los ascensores bajó y se abrieron las puertas. Entré y pulsé el botón del undécimo piso donde se ubicaba el Departamento de Historia Medieval, y las puertas se cerraron. Mientras el ascensor realizaba el trayecto, me observé brevemente en el espejo para cerciorarme de que mi apariencia no dejara traslucir ningún detalle extraño. Mis ojos, primero con expresión de alarma para después recobrar su tradicional aspecto taciturno y opaco, radiografiaron de un vistazo a través de mi gafas progresivas mi figura de guerrero vikingo plenamente adaptado al estilo de los tiempos modernos, pues iba vestido con una camiseta negra con un dibujo estampado de una escena de un legendario mito nórdico, aquella en la que el dios Thor pone a prueba la inteligencia del enano Alvíss durante una noche de arduo enfrentamiento que prolonga con astucia hasta el amanecer y, mediante ese ardid, logra evitar el casamiento de su hija Pruor con el sabio enano, pues este comienza a convertirse en piedra tras rozarle los primeros rayos del sol, además de unos pantalones de pitillo color verde militar y unas sandalias de cuero. El ascensor llegó a su destino, se abrieron las puertas y observé el panel movible acristalado de corcho situado justo enfrente, donde se suponía que se publicaban las notas de los trabajos de fin de carrera dirigidos por el Departamento, pero se encontraba vacío. Me acerqué y comprobé con mi dedo índice al deslizarlo por el cristal que estaba cubierto por una fina pátina de polvo. Giré hacia la derecha, donde continuaba el pasillo, que permanecía silencioso y oscuro, al que se abrían varios despachos con sus puertas cerradas, además de la Sala de Profesores, y me encaminé hacia el de mi tutor del trabajo: el Dr. Julio Duende Moreno, pero en torno a la puerta no había ninguna hoja clavada con chinchetas o pegada con celofán en la pared con las notas publicadas. Llamé a la puerta respetuosamente un par de veces, y después giré su picaporte, pero estaba cerrada con llave. Saqué mi móvil de uno de los bolsillos delanteros de mi pantalón de pitillo, que en su interior asemejaba la forma de un ladrillo, estrecho y plano, y escruté la hora:

10:07

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Cerré la puerta de casa tras de mí, suspiré a causa del calor sufrido durante el breve trayecto del ascensor desde el garaje hasta el primer piso y dejé las llaves en uno de los dos ceniceros dispuestos en el mueble situado debajo del espejo del recibidor. Observé de nuevo mi rostro perlado de gotas de sudor a través del estrecho espacio ausente de vaho del cristal de mis gafas, que me quité y dejé en el mueble para secarme la cara recorriendo con mis dedos mi lisa frente, mis salientes pómulos y mis abultadas y violáceas ojeras. A continuación, limpié las lentes de las gafas con la parte inferior de mi camiseta, me las puse de nuevo, comprobé que mi aspecto estaba en orden y me encaminé hacia la cocina para saciar mi sed con un vaso de agua fría y para preparar la cafetera pequeña.

Mientras se hacía el café, me dirigí hacia mi habitación, donde me desvestí y me puse un calzón corto, me calcé las zapatillas de estar por casa y desplegué el ordenador portátil, que encendí. Separé la silla gris de oficina de la mesa del escritorio, y me senté en ella. Coloqué mi mano izquierda sobre el ratón y, con mi dedo índice, cliqué el botón izquierdo, lo que dio paso a una nueva pantalla en el ordenador. Con las dos manos sobre el teclado, tecleé letra a letra mi clave personal con ambos dedos índices, pulsé Intro y apareció el límpido escritorio, con un reducido y ordenado grupo de iconos en la esquina superior izquierda. En ese momento la cafetera pequeña comenzó a silbar, me levanté bruscamente de la silla y volví a la cocina.

Regresé de nuevo a la habitación con la taza tibia de café con leche en mi mano izquierda, que dejé sobre la mesa del escritorio. Me senté de nuevo, cogí un par de clínex de la caja colocada en uno de los laterales de la mesa, que plegué y situé bajo la taza como posavasos. Cogí otro par de clínex, escupí en ellos, los hice un burruño, limpié con él la pantalla del ordenador portátil de sus escasas y diminutas motas de polvo, me separé un poco del escritorio y lo tiré a la papelera. A continuación, coloqué el puntero del ratón sobre el icono del menú, que se desplegó, y cliqué sobre el icono del disco duro, con lo que se abrió otra ventana. Cliqué a su vez sobre una carpeta designada con mi nombre y de nuevo apareció otra ventana con multitud de diminutos iconos. Por último, cliqué sobre un archivo de texto titulado “Las aventuras del caudillo y escaldo vikingo Olaf Svensson por tierras de Al-Ándalus”: se trataba de una novela histórica que estaba escribiendo sobre la expedición vikinga del año 844 por las costas de la Península Ibérica, que dio lugar, entre otros acontecimientos, al asedio, conquista y saqueo de la ciudad de Sevilla en tiempos del emir Abderramán II. Las fuentes no recogen los nombres de los líderes de esa expedición, a diferencia de otra posterior, del año 859, protagonizada por el rey sueco Björn “Brazo de Hierro” y su hermano y lugarteniente Hastein, hijos del legendario Ragnar Lodbrok, que partieron desde sus bases localizadas en la desembocadura del Loira y se aventuraron por el Mediterráneo en una travesía que duró cuatro largos años, en la que asolaron sus costas, incluso se dice que pudieron llegar hasta Alejandría y hasta las aguas dominadas por las naves del Imperio Bizantino. A su regreso, no se sabe si remontando el Ebro o incursionándose desde el golfo de Vizcaya hacia tierra adentro, arrasaron Pamplona y consiguieron capturar al rey García Íñiguez, que liberaron tras el pago de un cuantioso rescate.

En mi novela, como decía, fabulaba sobre esa primera expedición, que algunos autores consideran que pudo partir desde el enclave vikingo de Dublín, cuyos líderes imaginarios eran el caudillo y escaldo Olaf Svensson, famoso por su ferocidad en el combate y por su elocuente y aliterativo, aunque un tanto oscuro, incluso críptico, dominio de la  poesía, y su fiel lugarteniente Harald Hansson, quienes se sintieron atraídos por las fabulosas noticias de un reino de espléndidas riquezas situado en unas tierras localizadas más al sur, se asociaron y organizaron una expedición, para lo que reunieron numerosas naves y reclutaron suficiente tripulación.

El primer avistamiento que se hizo de la expedición vikinga en las costas de la Península Ibérica tuvo lugar en el Reino de Asturias, cerca de Gijón y, poco después, en La Coruña, donde desembarcaron y asolaron los alrededores, si bien fueron repelidos con éxito por el rey Ramiro I. Prosiguieron su viaje hacia el sur y llegaron a Lisboa, donde se enfrentaron por tres veces al ejército del valí Ibn Hazm y saquearon sus alrededores. Tras la toma de Cádiz, se adentraron por la desembocadura del Guadalquivir, donde establecieron una de sus bases en Qubtil, o Isla Menor. Desde allí lanzaron una operación de saqueo en Coria del Río, donde masacraron a sus habitantes.

En Sevilla avistaron sus amenazantes barcos pintados de rojo y negro y trataron de organizar una defensa, pero la ciudad carecía de murallas. Su débil ataque con unos pocos barcos resultó un fracaso, la mayoría de la población huyó y los piratas vikingos entraron en la ciudad, se apoderaron de sus riquezas y asesinaron a los ancianos y a los enfermos y esclavizaron a las mujeres y a los niños.

Las tropas del emir Abderrramán II fueron reorganizándose bajo el mando del general Ibn Rustum, quien consiguió derrotar a esos extraños y feroces guerreros adoradores del fuego en la batalla de Tablada, donde mataron a más de mil e hicieron prisioneros a más de cuatrocientos, que ejecutaron a la vista de los supervivientes, embarcados en sus naves, y más tarde colgaron sus cabezas cortadas de los palmerales de Sevilla, según algunos autores, para que los contemplaran satisfechos aquellos que hubieran sufrido alguna de las penalidades infligidas por los Al-Urdumaniyyun u hombres del Norte.

El resto de la expedición embarcada en las naves puso rumbo hacia el curso bajo del Guadalquivir y llegó a un acuerdo con  las tropas islámicas en el que, a cambio de la liberación de los cautivos que llevaban consigo, se les proveería de agua y víveres, y cesaría el continuo hostigamiento si abandonaban definitivamente esas tierras.

De los prisioneros nórdicos capturados, algunos se integraron como esclavos en la guardia personal del emir y otros terminaron asentados en poblaciones de la ribera del Guadalquivir, se convirtieron al Islam y se dedicaron a la cría de ganado, adquiriendo fama por la elaboración de unos quesos de extraordinaria calidad.

Antes de ponerme a escribir y proseguir la historia donde la había dejado, es decir, en el momento en el que rodean y están a punto de apresar al caudillo Olaf Svensson y a un grupo de sus fieles guerreros, quienes se  encuentran aislados en tierra firme, mientras parte de la expedición había logrado embarcarse en las naves, entre los que se encontraba el lugarteniente Harald Hansson, y ponían rumbo hacia el curso bajo del Guadalquivir, decidí hacerme un canuto, ya que mis padres no se encontraban en casa. Así que abrí el cajón del escritorio, situado a la derecha, y saqué de él una chinera, destinada, como no podía ser de otro modo, para exclusivo uso doméstico, un paquete de papelillos de fumar, otro de filtros, otro de tabaco de liar, un mechero y un cenicero, que dejé sobre la mesa. Cogí el pedrusco de hachís con mi mano izquierda, que acerqué a mi boca y mordí, dejando caer la china en la palma de mi mano derecha. La calenté con el mechero y la fui deshaciendo, por lo que comenzó a emanar de ella un hilo de humo blanco de penetrante aroma untuoso y herbáceo. Añadí tabaco de liar, lo mezclé todo, saqué un filtro y papel de fumar y me lié el canuto. Lo coloqué entre mis labios, lo encendí con el mechero, aspiré y al poco exhalé una densa y espesa nube de humo grisácea y olorosa. Justo cuando iba a comenzar a escribir, con el canuto colocado entre mis labios, del que se desprendía un sinuoso y neblinoso hilo de humo que se colaba por debajo de mis gafas, lo que hacía que entrecerrara ligeramente mis ojos, y con mis dos manos situadas a menos de un palmo de distancia sobre el teclado, sonó el teléfono, por lo que suspiré y, visiblemente contrariado, alargué el brazo y lo cogí de su pie.

Al otro lado de la línea se escuchaba la temblorosa voz de mi madre, quien me informaba que apenas les quedaba una hora de camino para llegar a Santillana, que el viaje estaba siendo fluido y tranquilo y que me había dejado la comida preparada que había hecho esta mañana en la nevera. Al mencionar este electrodoméstico, le recordé que apenas habían dejado leche en el tetrabrik de la nevera y que no lo habían repuesto por otro, a lo que, tras una pausa en la que parecía estar rememorando, me contestó que, al ir con prisas, no se habían dado cuenta de ese detalle.

Después de otro prolongado silencio, comenzó a desplegar una balbuciente retahíla de obligaciones que tenía para con la casa en su ausencia, que corté en seco replicando que si alguna vez estando yo solo en casa se había tenido queja en ese sentido. Al constatar que mi madre no contestaba, me despedí deseándoles unas buenas vacaciones, les recordé que me reuniría puntualmente con ellos en un par de semanas, el tiempo que consideraba necesario para concluir la novela, y después colgué.

Tras la momentánea interrupción, me quedé un rato inmóvil, sentado sobre la silla gris de oficina con ruedas y frente al ordenador portátil desplegado, dándole largas caladas al canuto, cuya brasa palpitaba luminosa en medio de mi rostro envuelto en una especie de mágica y fantástica nube, como pude observar en el débil reflejo de la cristalina pantalla del ordenador. En ese momento, pasó por mi cabeza la fabulosa historia oriental de Aladino y el genio de la lámpara maravillosa, incluida en el monumental y legendario libro de cuentos de Las mil y una noches. Entonces se me iluminó fantasmalmente el rostro con otra larga calada que le di al canuto, cogí la taza, me acabé de un largo trago el café con leche ya frío, y proseguí raudo con la historia desde el punto donde la había dejado.

Un reducido grupo de guerreros vikingos comandados por el caudillo Olaf Svensson, que habían sobrevivido momentáneamente a la general e indiscriminada matanza, permanecían rodeados por las tropas emirales comandadas por el general Ibn Rustum, y mantenían pegadas sus espaldas unos a otros formando un círculo defensivo, con sus largas melenas cayendo por sus hombros y sus abundantes y espesas barbas acabadas en finas y verticales trenzas más allá del mentón, provistos de sus cascos con cuernos, con las espadas desenvainadas y sus escudos protegiéndolos, bajo el estandarte del cuervo Munin con las alas desplegadas, defendiéndose a duras penas de las salvajes acometidas de sus enemigos.

Entonces el caudillo Olaf Svensson improvisa un poema escaldo que menciona sus pasadas hazañas, desprecia a sus presentes enemigos y alude un tanto oscuramente al vuelo del cuervo Munin que, al atardecer, se posará en el hombro de Odín y le susurrará al oído la hazaña de ese grupo de guerreros que hicieron frente a la muerte con valentía y heroísmo, y Odín sentenciará que son merecedores de una entrada triunfal en el Vallhalla, y que se sentarán a su lado para disfrutar de un banquete eterno.

Finaliza el poema con un grito de guerra, señalando a sus leales guerreros la orden de ataque pero, de repente, se escucha el grave sonido de un cuerno y, de inmediato, los numerosos soldados islámicos que les estaban hostigando cesan el combate, se repliegan y se disponen en formación dejando entre ellos una estrecha fila central por donde avanza el general Ibn Rustum, montado en un caballo negro junto a su séquito, y se detiene frente al grupo reducido de valerosos supervivientes vikingos. Entonces, fijó sus profundos ojos negros, enmarcados en largas pestañas, en ellos, largamente y en silencio, especialmente en el caudillo Olaf Svensson, y emitió un hondo suspiro. A continuación, una joven doncella de su séquito, vestida con una amplia túnica azul y un velo transparente del mismo color con el que se cubría el cabello y parte del rostro, que dejaba ver unos intensos y hermosos ojos azules y del que se escapaba un rizo rubio que le caía por la mejilla, avanzó con su caballo hasta situarse al lado del general árabe y actuó como su intérprete, indicando a los guerreros nórdicos en su propia lengua que por voluntad del emir se les perdonaría la vida si en ese momento deponían las armas y cesaban el combate.

El escaldo vikingo Olaf Svensson, en un primer momento impactado ante la sugerente belleza de la joven, al poco se recuperó y les replicó diciendo que estaban dispuestos a morir en combate porque el anhelado destino que les esperaba era el de ser conducidos por las valquirias ante la presencia de Odín y acompañarle en un banquete eterno en el Valhalla.

Dicho esto, y no sin pesadumbre, el general árabe hizo una leve señal con la mano, y el reducido grupo vikingo, salvo Olaf Svensson, fue asaeteado hasta la muerte por un grupo de arqueros apostados en una cercana elevación del terreno. Entonces el líder vikingo, ya sin seguidores, apretó los dientes, levantó su espada y lanzó un nuevo grito de guerra pero, sigilosamente, un gigantesco soldado bereber se había situado por detrás de él, y le golpeó en la cabeza con un enorme mazo, por lo que quedó inconsciente y postrado en el suelo, con el casco abollado y la empuñadura de la espada aún sujeta en la mano.

Cierto tiempo después, cuando Olaf Svensson se despertó, se encontró tendido en una amplia cama baja, suave y mullida, rodeado de numerosos almohadones, en una habitación en penumbra por la que, a través de los diminutos y estrechos huecos de las celosías de las ventanas se filtraban desde el exterior oblicuos y azulados haces de luz procedentes de la luna llena. En la lejanía pudo escucharse un desconocido, gimiente y cadente canto de un hombre en lengua árabe. Al tratar de enderezarse, sintió un profundísimo dolor en la zona de sus partes viriles. Trató de palparse con cuidado con sus manos y, entonces, emitió un aullido desgarrador y horrorizado, ocultando la cara entre sus manos con los dedos retorcidos, hasta que de nuevo volvió a caer inconsciente.

Cuando volvió a despertarse, mucho tiempo después, vio delante de él, frente a la cama, a un hombre alto y esbelto de tez blanca, tocado con un casquete de fieltro verde, con la cara totalmente rasurada, con finas cejas y ojos de color avellana perfilados con un tinte negro, vestido con una larga túnica de seda también verde con sus bordes ribeteados de hilos de oro y ceñida a la cintura por medio de una faja dorada, calzado con unas lujosas babuchas negras de terciopelo con brocados de oro y la punta vuelta, escoltado por dos guardias de tez morena, tocados con turbantes negros, con cuyos extremos mantenían  sus rostros velados,  ataviados con túnicas blancas, cimitarras al cinto y lanzas en mano. Un par de pasos por detrás del grupo, se encontraba la misma mujer que había actuado como intérprete del general Ibn Rustum el día de su apresamiento, vestida esta vez con una túnica color escarlata y con un velo transparente del mismo tono que le cubría el cabello y parte de la cara, dejando al descubierto sus hermosos e intensos ojos azules y el consabido mechón rizado y rubio que le caía por una de sus mejillas, con un voluminoso y lujoso libro con la portada negra y trazos dorados de escritura árabe colocado en su regazo.

Entonces el hombre se dirigió a él y la joven doncella tradujo sus palabras: mi nombre es Nasr y soy el jefe de palacio de Abderramán II, emir de Córdoba, que Alá le dé larga vida y le proteja de sus enemigos. Es voluntad de tu nuevo señor que en tu nueva vida tu nombre sea Al-Madjus, “el Pagano”, que aprendas árabe y que te conviertas al Islam, para lo que recibirás las enseñanzas de Zoraida, que procede de tus mismas tierras de origen, y tengas como principal cometido el solaz del emir en sus largas noches de insomnio con, entre otras cosas, la recitación de tus improvisados poemas con sus veladas referencias a las historias de los dioses de tu antigua religión. Tu señor el emir te ha concedido como aposento esta estancia de palacio y se muestra impaciente y deseoso de que le acompañes, por ello ha dispuesto de todo lo necesario para que te repongas de tu desafortunada convalecencia.

El hombre dio entonces un par de palmas y aparecieron por la puerta unos jóvenes sirvientes sosteniendo una larga mesa de madera con ricas viandas especiadas en delicados y lustrosos platos de cerámica, como asados humeantes de carnes y de pescados acompañados de variadas guarniciones, bandejas colmadas de exóticas y apetecibles frutas y de todo tipo de dulces variopintos, numerosas jarras rebosantes de vino y un cuenco lleno de agua salpicado de fragantes pétalos de rosa para perfumarse la cara y las manos una vez saciado el apetito.

Después de escribir este último párrafo, con la colilla del canuto apagada entre mis labios, comencé a sentir un hambre y una sed inauditos. Así que dejé caer la colilla en el cenicero, me levanté con apresuramiento de la silla, con el leve regusto amargo de que esta última parte de las aventuras de Olaf Svensson por  tierras de Al- Ándalus se me había ido un poco de las manos, y me dirigí a la cocina.

En la cocina abrí la nevera, oteé su contenido y, en una de las repisas, encontré lo que buscaba: una caja de donetes de chocolate, que saqué junto con el tetrabrik de leche desnatada. Mientras me preparaba la taza de café con leche me fui zampando de uno en uno y de un bocado todos los esponjosos donetes con su capa fría y crujiente de chocolate. Tiré la caja al cubo de los envases, me bebí el café con leche en dos o tres tragos, dejé la taza en la pila, junto al resto de cacharros del desayuno, y volví a mi habitación.

Me senté de nuevo en la silla, listo para reflexionar sobre lo escrito mientras me liaba otro canuto. Pero pronto comenzó a entrarme un profundo sueño, por lo que decidí no hacerme el canuto, me levanté y me tumbé sobre la cama tan cual largo era, con los brazos entrecruzados sobre la almohada por detrás de mi cabeza. Fijé mi mirada en un punto indefinido del techo, poco después giré mi cuello con cierto esfuerzo y comprobé la hora en los números rojos luminiscentes del despertador:

12:03

Antes de quedarme dormido, percibí un aroma seco, intenso y turbio que en un principio achaqué al humo resinoso del canuto estancado en la habitación, pero poco después me di cuenta de que provenía de mis sobacos.

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Bajé por mi bloque de escaleras y crucé la puerta de la primera planta baja, que correspondía a una zona común de la finca, de la que partía otro tramo de escaleras que conducían al amplio jardín arbolado y a la piscina con sus aguas de color turquesa. En mis manos portaba una baja silla plegable y una bolsa de plástico con mi móvil, un bote helado de cerveza y el libro Edda Mayor en formato de bolsillo, y de mis hombros colgaba una vistosa toalla. Mi intención era sentarme en la silla plegable a la sombra de uno de los frondosos árboles del jardín, refrescarme con la cerveza y releer algunas de las historias mitológicas nórdicas que me sirvieran para concluir la novela. Apenas había dormido, pues me desperté al poco por el calor reinante en la habitación  y comencé a sentir un intermitente dolor de cabeza localizado en ambas sienes que no se me había quitado, a pesar de haberme tomado ya una aspirina disuelta en un vaso de agua nada más levantarme.

Mientras bajaba el tramo de escaleras que conducían al jardín, observé en una de las esquinas de la piscina al joven socorrista sentado en una silla de plástico junto a una mesa también de plástico y debajo de una sombrilla blanca de tela, ataviado con una gorra roja deportiva con visera, unas gafas de sol negras, una camiseta blanca y un bañador bermudas rojo, quien, a juzgar por su pose, parecía estar aburrido, o quizás estuviera ensimismado y  pensativo, con un brazo acodado sobre la mesa y con la mano sujetando su cabeza, con la mirada dirigida en apariencia a la piscina desierta de bañistas. A su derecha, fuera del perímetro vallado de la piscina, a la sombra de un grupo de pinos con densas copas, se encontraba sentado un matrimonio de vecinos de avanzada edad en sendas sillas plegables, más altas que la mía, ataviados con sendos gorros de pescador de color beige y leyendo distraídamente ella una revista y él un periódico, doblado en su regazo por la mitad.

Una vez bajado el tramo de escaleras,  pude observar que, en el otro extremo de la piscina, justo la esquina contraria de la que se situaba el socorrista, se encontraba un grupo de jóvenes madres con sus bañadores cubiertos con coloridos y llamativos pareos, sentadas al sol sobre unas toallas y rodeadas de diversos bártulos y cachivaches, que charlaban continua y distendidamente entre sí, y sus hijos pequeños desnudos que jugaban y correteaban en torno suyo. Me mantuve durante un tramo corto por el estrecho sendero de losas de pizarra, que conectaba el tramo de escaleras con una de las entradas del otro edificio residencial de la finca, hasta que me adentré en el césped recién cortado, de un color verde intenso, que aún permanecía húmedo del riego nocturno, pasé junto al grupo de madres jóvenes con sus chiquillos, que parecían haber montado un improvisado campamento temporal, y me aposté en mi acostumbrado lugar, a la sombra de un alto y frondoso plátano, no muy lejos de ellos.

Me senté en la baja silla plegable, desplegué cuidadosamente la toalla a mi lado izquierdo, donde coloqué la bolsa de plástico, saqué de ella el bote helado de cerveza, que abrí y al que di un largo trago, con la esperanza de que aliviara mi intermitente dolor de cabeza, y lo dejé sobre el césped. A continuación, cogí el libro y me dispuse a releer las referidas historias mitológicas nórdicas.

De repente, mi móvil emitió el pitido característico de que había entrado un mensaje de texto. Interrumpí con fastidio la lectura del libro, si bien apenas la había iniciado, lo dejé sobre la toalla, saqué el móvil de la bolsa de plástico y me dispuse a averiguar quién era el  autor y el contenido del mensaje. El teléfono móvil del que partía era para mí desconocido y su contenido se limitaba a la enigmática pregunta de: «¿Sabes quién soy?». Intrigado, devolví un mensaje de vuelta con la respuesta:  «No, ¿quién eres?». Tras un rato, como veía que no contestaban, dejé el móvil  sobre la toalla, cogí de nuevo el libro y traté de retomar su lectura, aunque el mensaje me había distraído. Un par de minutos después mi móvil volvió a emitir un nuevo pitido, por lo que lancé el libro sobre la toalla, cogí el móvil y abrí el mensaje de texto: «Soy Norma. ¿Ahora sabes quién soy?».

Entonces recordé a una esbelta rubia más o menos de mi edad, con pantalones vaqueros descosidos y un top negro ajustado, que dejaba a la vista un pendiente en el ombligo y varios  tatuajes en los brazos, con multitud de aros en las orejas, con un aro en la nariz y con otro pendiente en la lengua, a la que conocí el sábado por la noche en un tugurio de Malasaña. Estuvimos coqueteando durante un buen rato pero la cosa no condujo a nada, así que con una mezcla de orgullo y cansancio le di mi móvil y me despedí de ella. Con ciertas ansias, pulsé las teclas del diminuto teclado con rapidez y le respondí: «Claro que me acuerdo de ti. No pensaba que ibas a ponerte en contacto de nuevo conmigo. ¿Qué tal si quedamos el próximo finde?». Durante un buen rato esperé con nerviosismo el mensaje de vuelta pero mi móvil permaneció mudo. Al fin, llegó la contestación aunque, ciertamente, me desilusionó: «Lo siento, pero mañana me voy al cabo de Gata  con unos amigos», y nada más. En vista de que Norma mantenía una invariable apariencia de coqueteo que en principio parecía que no iba a llegar otra vez a ningún sitio, de que aparentemente yo debía llevar la voz cantante en la conversación y mostrarme insistente y persistente  y, como no me apetecía lisonjearla otra vez el oído ni bailarle el agua, decidí no contestar y, visiblemente enfadado, arrojé el móvil a la toalla, le di otro largo trago a la cerveza, que aún se mantenía fresca, cogí de nuevo el libro y traté de concentrarme en su lectura.

En ese momento, aún disgustado y con dificultades para retomar la lectura con la suficiente fluidez, me pareció observar  a través del rabillo del ojo, por encima de mis gafas progresivas de lentes circulares y de fina montura metálica, que la pareja de vecinos de avanzada edad se levantaban de sus sillas, comenzaban a plegarlas y recogían sus cosas.  Levanté la cabeza del libro y observé que se despedían del joven socorrista, con sus gorros de pescador colocados sobre sus cabezas, y se encaminaban por el jardín en dirección al sendero de losas de pizarra que conducía al tramo de escaleras. Entonces bajé de nuevo la cabeza y traté de enfocar mi atención en el libro.

Pero, un rato más tarde, una bandada de cotorras argentinas se posó en las ramas del alto y frondoso plátano, a cuya sombra me cobijaba del árido e insoportable calor del verano de Madrid, y comenzaron a chillar y a graznar de una manera enloquecida, creando un jaleo descomunal. Las cotorras argentinas son una especie invasora que surgió como consecuencia de la puesta en libertad de ejemplares domésticos por parte de sus irresponsables dueños. Tienen una gran capacidad reproductiva y, debido a su sociabilidad y agresividad, a día de hoy están poniendo en peligro a las especies autóctonas de la región, como los gorriones, los mirlos o las urracas, arrebatándoles los alimentos, consistentes en semillas o pequeños insectos.

Levanté de nuevo la cabeza del libro, emití un suspiro  descorazonador y oteé entre las ramas, donde vi cómo algunos diminutos y vistosos ejemplares chillaban y aleteaban febrilmente sus alas en torno a un enramado y pesado nido colectivo encajado en la unión de dos gruesas ramas, que no había visto antes, de donde partía el piar incesante y demencial de sus polluelos, y cómo se agitaban las hojas de alrededor. Los dolores intermitentes de cabeza localizados en ambas sienes se volvieron más constantes, agoté el bote de cerveza de un último trago e hice un último esfuerzo en proseguir con la lectura del Edda Mayor.

Comencé con el Thrymskvida, la parte que narra una de las aventuras de Thor contra unos gigantes y, entonces, paulatinamente, de manera apenas perceptible, totalmente natural, conseguí poco a poco concentrarme y enfrascarme en la lectura, e incluso el punzante dolor de cabeza fue progresivamente desapareciendo. Aunque puedo decir que, en un momento dado, sin apartar la vista del libro, me pareció vislumbrar, por encima de mis gafas progresivas, la tenue y borrosa silueta de unas piernas desnudas que avanzaban por el jardín delante de mí, que supuse eran del joven socorrista, pues estaban cubiertas en su parte superior por lo que me pareció que era un bañador rojo.

En el poema se describía  cómo el gigante Prymr le había robado el martillo Mjolnir a Thor y, a cambio de su devolución, solicitaba que Freyja, la diosa del amor, de la belleza y de la fertilidad, se convirtiera en su esposa. Entonces, ante la amenaza que suponía para el Asgard, la morada de los dioses, que el gigante Prymir tuviera en sus manos el martillo de Thor, los Aesir o dioses principales se reunieron en el Thing o asamblea y acordaron que Thor se vistiera de novia y fuera a la boda acompañado por Loki, dios de elevada inteligencia y verdadero maestro del engaño, que se disfrazaría de dama de compañía. Ante su llegada, el ufano gigante Prmyr celebra un banquete, y en él el dios Thor se come un buey entero. Ante las sospechas del gigante Prymr, el dios Loki las apacigua indicando que  la novia, debido a la emoción y al nerviosismo, no había probado bocado alguno en los últimos siete días. Tras algunos otros sucesos, el gigante Prymr,  como parte de la ceremonia nupcial, entrega el martillo Mjolnir a la novia. Entonces Thor se despoja de su disfraz, aparece bajo su forma divina, satura el lugar de ensordecedores truenos y centelleantes relámpagos y machaca a todos los gigantes con su martillo.

Justo al acabar el poema, con una sensación de encantador deleite que aún perduró unos instantes tras la lectura, me quité las gafas para secarme un poco el sudor de la cara, y entonces escuché el grito horrorizado de una de las jóvenes madres, que miraba en dirección a la piscina, vi cómo se tapaba la boca petrificada y cómo comenzaban a surcar lágrimas por sus mejillas, para después prorrumpir en un ahogado y fúnebre llanto. Las otras madres jóvenes se levantaron, gritaron y corrieron esquivando a sus hijos pequeños hacia la entrada de la piscina mientras el joven socorrista apareció en la cima del tramo de escaleras, quizás había ido un momento al baño, y bajó raudo por ellas. Entonces vi un pequeño bulto borroso flotando y meciéndose en el agua de la piscina. Me puse de nuevo las gafas y, en ese momento, me di cuenta que el bulto era el cuerpo inerte de uno de los chiquillos que hasta hace un momento correteaba alegremente por el jardín de la piscina mientras su joven madre charlaba despreocupadamente con sus amigas. El balanceo del agua dio la vuelta al cuerpo y pude ver sus pequeños y rollizos brazos doblados en torno a su blando y tierno pecho.

Por instinto, cogí el móvil de la toalla y comprobé la hora:

14:05

Poco después, un grupo de vecinos que había bajado precipitadamente de sus casas al oír los gritos se había arremolinado en el jardín, y pronto comenzó a hacerse audible la alarma de una ambulancia que se aproximaba a la finca.

***********

Me he tomado la licencia de enviar a su Ilustrísima  mi relato testifical de los hechos ante la imposibilidad de personarme ante su tribunal en la fecha y hora indicada debido a una estancia de estudios temporal en una universidad extranjera.

Ahora es invierno, me encuentro en un lejano país escandinavo y, al llegar a la conclusión de mi relato de tan lamentable y desafortunado suceso, no puedo por menos que apartar la vista de la pantalla de mi ordenador portátil y vislumbrar a través de la ventana de mi habitación las casi sobrenaturales y acompasadas ondulaciones verdosas y azuladas de la autora boreal en la oscuridad titilante de la noche.

En la antigua mitología nórdica, los halos de la aurora boreal se explicaban como los brillos que destellaban las refulgentes armaduras de las Amazonas montadas en sus caballos que llevaban a los héroes muertos en la batalla de camino al Valhalla. Quizás al final de mis días, puede que no tan lejanos, me convierta en un digno sucesor de ellos.

 

[*] Nota del Autor: Según la legislación española, toda persona residente en España estará obligada a declarar, salvo el Rey, su consorte, el heredero de la Corona, miembros del servicio diplomático y parientes del encausado. Se deberá realizar el interrogatorio en sede judicial, salvo los demás miembros de la Familia Real y los representantes políticos y judiciales, pudiéndose realizar por videoconferencia si se reside en el extranjero. Y se tendrá la obligación de decir la verdad, so pena de incurrir en un delito penal.

* La señal de alarma del despertador.

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